Amigas y amigos,

Ya he visto Oppenheimer.

Hace calor, eh?

Pero he visto Oppenheimer.

Y lo más importante: por fin puedo hablar de Oppenheimer.

Ya saben que a veces las multinacionales imponen una serie de condiciones para que los periodistas veamos una película antes de su estreno oficial. En ocasiones es simplemente dejar el móvil, en otras es no hablar de lo que hemos visto hasta que se nos autorice. Hemos llegado a extremos de no poder decir ni que la hemos visto: aunque no opinemos, no podemos decir que hemos asistido a la proyección de la película en cuestión.

No tiene mucho sentido, si me preguntan a mí, pero esto es lo que hay.

El embargo para hablar de esta obra maestra (ya lo he dicho) de Christopher Nolan.

Oppenheimer es la historia del que llaman ‘el padre de la bomba atómica’, un físico al que el ejército estadounidense puso al frente del proyecto Manhattan, la iniciativa que pretendía dar con la manera de convertir la partición del átomo en un artefacto que acabara la guerra. Y -sobre todo- obtenerlo antes que los nazis.

Como todos/as saben, los estadounidenses lograron su objetivo: dieron con la bomba, la lanzaron dos veces sobre Japón y finiquitaron la guerra. También es historia que Oppenheimer fue acusado de ser un espía ruso después de la segunda guerra mundial y que le hicieron la vida imposible, a pesar de ser el hombre que encabezó el mayor esfuerzo bélico de la historia del país. Con todos esos (jugosísimos elementos) Nolan construye una película impecable, a veces despiadada, instalada en la excelencia.

No sé si es su mejor película, pero no tengo ninguna duda de que es un millón de veces mejor que Tenet, aunque es cierto que eso no era muy difícil. Lo que sí sé es que es uno de los mejores estrenos del año y un fuertísimo contendiente a llevarse unos cuantos Oscar el año que viene si no es que hemos muerto todos por culpa del cambio climático. No lo descarto, francamente. Contar una historia en cuatro actos, moviéndose constantemente en tres periodos de tiempo distintos, es algo extremadamente difícil.

La película tiene un reparto alucinante y todos están gigantescos, pero quiero poner en un altar a mi admirado Cillian Murphy, que siempre me ha parecido un actor inquietante y que aquí se corona con una actuación memorable. No era fácil interpretar a un tipo tan sumamente complejo, con un ego tan desmesurado y que no era demasiado amante de las peroratas. A pesar de ello, consigue salirse con la suya y demostrar que es uno de los mejores actores de su generación.

No quiero desvelar demasiado del momento cumbre de la película, que es el primer test de la bomba atómica en el desierto de Los Álamos, en Nuevo México. Había muchas maneras de ilustrar ese instante (uno de los más importantes de la historia de la humanidad, para bien y para mal), pero me encanta que Nolan escoja una casi minimalista cuando lo fácil hubiera sido usar el sonido para volarle la cabeza a todos los que se acerquen a un cine a verla. Tal y como están equipados las buenas salas hoy en día, la cosa podría haber sido literal.

Pasado les hablaré de Barbie, que hoy sería demasiado y tampoco quería darles la turra. De momento, cojan el sombrero y acérquense a ver Oppenheimer. Son tres horas, pero vale mucho la pena. Ojo, según mi criterio. Dudoso y sesgado, pero criterio, al fin y al cabo.

Si puede ser, que sea un cine en el que la pueda ver en 70 milímetros, aunque soy consciente de que en España solo hay tres o cuatro.

Hagan lo que puedan.

Abrazos,

TGR