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Una experiencia habitual para cualquier conductor se da cuando, con el vehículo completamente detenido y el motor apagado, se presiona el pedal de freno de forma consecutiva. Tras una primera pisada con un tacto relativamente normal, el pedal comienza a oponer mucha resistencia, volviéndose rígido y reduciendo su recorrido a apenas unos milímetros. Se trata de una respuesta mecánica totalmente normal.

Lejos de ser un fallo, el endurecimiento del pedal es la prueba física de que el sistema de asistencia a la frenada ha agotado su reserva de energía acumulada después de que el motor o el sistema de impulsión se haya apagado.

¿Cómo funciona?

Para entender por qué el pedal se vuelve rígido, es imprescindible analizar el componente encargado de reducir el esfuerzo físico que debe realizar el conductor: el servofreno. Este dispositivo, de forma cilíndrica y ubicado en el vano motor justo detrás de la bomba principal de freno, funciona mediante una diferencia de presiones neumáticas. En su interior hay una membrana flexible que divide el habitáculo sellado en dos cámaras independientes.

En los vehículos con motor de gasolina, cuando el propulsor está en marcha, la propia aspiración de los cilindros genera un vacío constante (una presión notablemente inferior a la atmosférica) en el colector de admisión, el cual está conectado al servofreno mediante un manguito y una válvula de retención.

En los motores Diesel, y también en los vehículos eléctricos, el servofreno no puede aprovechar la depresión generada en el colector de admisión como ocurre en muchos motores de gasolina. Por ello, estos vehículos recurren a una bomba de vacío, mecánica o eléctrica según el caso, que genera la depresión necesaria para el funcionamiento del sistema.

Servofreno eléctrico. Imagen de km77

Cuando el conductor pisa el pedal con el coche encendido, una válvula mecánica permite la entrada de presión atmosférica en una de las cámaras del servofreno, mientras que la otra conserva el vacío. Esta acusada diferencia de presión empuja la membrana interna con una fuerza, la cual se suma a la presión ejercida por el pie del conductor. Gracias a este principio se multiplica el esfuerzo que el conductor hace con el pedal.

Asistencia neumática con el motor apagado

El escenario cambia por completo en el momento en que se apaga el motor. Al detenerse los pistones o la bomba auxiliar, se deja de generar vacío de inmediato. Sin embargo, gracias a la acción de la válvula de retención antes mencionada, el servofreno es capaz de aislarse y conservar una pequeña reserva de vacío en su interior. Por esta razón, la primera vez que se pisa el freno con el coche apagado, el tacto sigue siendo suave y el coche frena, ya que el servofreno conserva suficiente depresión para proporcionar asistencia durante una o dos aplicaciones del pedal.

No obstante, cada vez que presionamos y soltamos el pedal en estas condiciones, se introduce aire a presión atmosférica dentro del pulmón de freno, contaminando y anulando de forma progresiva ese vacío remanente. Al llegar a la tercera o cuarta pisada, las presiones a ambos lados de la membrana interna se igualan por completo.

Sin una diferencia de presiones que empuje la membrana, la asistencia neumática desaparece por completo. A partir de ese instante, el pedal se vuelve muy duro. Esto no significa que los frenos hayan dejado de funcionar: el circuito hidráulico continúa siendo plenamente operativo, pero al desaparecer la asistencia del servofreno el conductor debe ejercer mucha más fuerza sobre el pedal para conseguir la misma deceleración.

En el momento en que se vuelve a arrancar el motor, el colector o la bomba generan vacío de forma casi instantánea, restableciendo la diferencia de presiones y provocando que el pedal recupere de inmediato su tacto suave y su recorrido habitual bajo el pie.