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Para la mayoría de los usuarios, un atasco es principalmente una pérdida de tiempo que, además, supone un gasto mayor de combustible. Sin embargo, desde un punto de vista mecánico, el tráfico denso representa uno de los escenarios de funcionamiento más exigentes para cualquier vehículo de combustión interna. De hecho, la mayoría de los manuales de mantenimiento clasifican la conducción urbana frecuente como uso severo, recomendando acortar los intervalos de revisión. El motivo es simple: un coche está diseñado para desplazarse, y el ciclo de parada y arranque constante somete a los componentes a esfuerzos para los que el flujo de aire y la lubricación no siempre son óptimos.

Cuando circulamos por carretera, el motor trabaja a un régimen constante y se beneficia de un flujo de aire dinámico que ayuda al sistema de refrigeración. En un atasco, la refrigeración del motor depende sobre todo del electroventilador (y puede fluctuar más que en carretera abierta), las presiones de aceite en el ralentí son más bajas (aunque dentro de los márgenes de funcionamiento seguro) y la combustión es intrínsecamente menos eficiente, lo que desencadena una serie de efectos colaterales en la salud mecánica a largo plazo.

Saturación de filtros y residuos

El mayor perjudicado por el tráfico lento es, sin duda, el sistema de tratamiento de gases de escape. Los motores, tanto los diésel como los de inyección directa de gasolina, dependen de alcanzar temperaturas elevadas para que componentes como la válvula EGR, el filtro de partículas y el catalizador funcionen correctamente.

En tráfico lento, el motor trabaja bajo una carga muy baja y a bajas revoluciones. Esto provoca una combustión menos eficiente y dificultades para que se produzca un regeneración pasiva (es decir, una limpieza natural por calor de los residuos acumulados productos de la combustión) y, además, se pueden interrumpir las activas (especialmente en los desplazamientos cortos). Todo ello produce que los residuos se acumulen en los conductos de admisión y en las celdas de los filtros.

El resultado es un círculo vicioso: la obstrucción de la EGR afecta a la mezcla, lo que genera aún más carbonilla, hasta que el vehículo se ve obligado a realizar regeneraciones activas, inyectando combustible extra para elevar la temperatura o, en el peor de los casos, entra en modo de protección. Además, en trayectos cortos urbanos, el aceite del motor rara vez alcanza los 80-90°C necesarios para evaporar la condensación de agua y los restos de combustible que se filtran al cárter, lo que degrada la capacidad lubricante del aceite antes de lo debido.

Atasco de coches
Imagen de Freepik

Estrés en la transmisión

En los coches con cambio manual, el uso constante del pedal de embrague, además de desgastar el disco de fricción, somete al muelle de diafragma a ciclos de trabajo constantes. Mantener el coche en una pendiente jugando con el embrague, en lugar de pisar el freno para una retención, es la forma más rápida de sobrecalentar los materiales de fricción y cristalizar el disco.

En los vehículos automáticos, la situación no es mucho más sencilla. Las cajas de doble embrague (como la DSG de Volkswagen o la PDK de Porsche) sufren un estrés térmico considerable en las maniobras a muy baja velocidad, donde los embragues patinan de forma controlada para ofrecer suavidad. Por otro lado, los cambios por convertidor de par generan calor en el fluido de transmisión por el deslizamiento interno a baja velocidad.

A esto debemos sumar el sistema de frenado. En carretera, especialmente en autopista o autovía, las frenadas suelen ser escasas (siempre que se conduzca de forma anticipativa). En ciudad, son constantes (salvo en los híbridos o eléctricos debido a la frenada regenerativa), lo que acelera el desgaste de las pastillas y discos. Por último, los soportes de motor y silentblocks pueden sufrir un mayor número de ciclos de carga debido a las constantes transferencias de masa al arrancar y frenar, que generan esfuerzos de torsión que no existen en una conducción estable por autopista. Por último, no hay que olvidar que un coche que circula principalmente por ciudad acumula muchas más horas de trabajo para recorrer una misma distancia que uno que se utiliza para viajar.

Como vemos, el tráfico acelera el envejecimiento de la mecánica del vehículo. Si estás expuesto a un tráfico urbano constante, lo mejor será aplicar una serie de medidas de prevención:

  • Adelantar los cambios de aceite.
  • Cuando sea posible, realizar trayectos por carretera a regímenes alegres para permitir que el motor y sus sistemas de escape realicen su necesaria autolimpieza.