Decía la canción de Golpes bajos que eran malos tiempos para la lírica. Yo digo que el mes de mayo de 2026 ha sido de malos tiempos para el automovilismo de raza. Primero el fue el Mercedes-AMG GT4 puertas y anoche, el Ferrari Luce.
Hay algo profundamente inquietante en el nuevo Ferrari Luce. No porque sea feo, exactamente. Tampoco porque sea lento, que tratándose de Ferrari de 1050 CV sería casi una herejía. Lo inquietante es otra cosa: parece diseñado por alguien que nunca ha manchado una camisa de gasolina, pero que tiene una opinión muy clara sobre el grosor ideal de un bisel. Resumido: no parece un Ferrari.
El Luce no parece un coche nacido en Maranello. Parece el resultado de encerrar a varios diseñadores de Ferrari en una sala blanca con el equipo de la joint venture entre Apple y Xiaomi y «tragarse» una larga presentación de Canva titulada El electrizante futuro de la emoción premium mientras consumen latas de bebida energética sabor limoncello. Antes, un Ferrari parecía un animal rojo a punto de morderte o una escultura a la que contemplar absorto, según el modelo. Este parece que viene con una actualización pendiente de firmware.

El nombre, desde luego, ayuda poco. Luce. Luz. Muy italiano, muy elegante, muy poético. Pero también muy cerca de llamarse Ferrari Smart Light LampProMax.
Me imagino a su propietario en la puerta del casino del Mónaco prestando su huella al aparcacoches para que pueda mover el superdeportivo. También me imagino como estaciona al Luce entre un XPeng P7+ y un Xiaomi SU7. Jamás vieron en ese Casino un Testarrossa entre un Renault Fuego y un Saab 900.
Ferrari siempre ha vivido del exceso: motores que suenan como una discusión familiar en Nápoles en nochevieja, entradas de aire dramáticas, curvas que parecen dibujadas por alguien muy enamorado y, en ocasiones, enfadado. El Luce, en cambio, parece haber pasado varias veces por el filtro del buenismo hasta que alguien se olvidó de preguntarse si en un Ferrari, precisamente, eso era una buena idea.
Porque un Ferrari no debería parecer limpio. Debería parecer peligroso, sensual, obsceno. No debería transmitir la calma de un purificador de aire conectado al WiFi. Debería darte miedo solo pensar que lo vas a conducir. Y emocionarte al contemplarlo.

El Luce, sin embargo, tiene esa perfección fría de los objetos modernos que no quieren ser usados, sino desempaquetados con música suave y grabados en vertical para TikTok. Perfectamente podría venir en una caja blanca con el logo de iFerrari. No lo arrancas: lo inicias. No lo conduces: lo configuras. No lo aparcas: lo sincronizas.
Seguro que es una maravilla técnica. Seguro que los ingenieros han hecho magia con esos cuatro motores, Seguro que acelera como si hubiera visto la primera factura de mantenimiento acercándose por el retrovisor (aunque en esto tampoco aventaja a otros). Pero hay una diferencia entre hacer un coche del futuro y hacer que un Ferrari parezca un electrodoméstico con ansiedad aspiracional. Quizá sea inevitable. Quizá incluso sea necesario. El mundo cambia, los motores cambian, los clientes cambian. Antes querían ruido, ahora quieren silencio. Antes querían cuero y gasolina, ahora quieren pantallas y conectividad.
Pero uno no puede evitar cierta nostalgia. Porque Ferrari era una marca que no prometía eficiencia, sino pecado. No vendía movilidad, vendía una mala decisión carísima con forma de obra de arte. El Luce, en cambio, parece una buena decisión casi racional (si no se tiene en cuenta que cuesta la friolera de 550 000 €). Y eso, en un Ferrari, es casi ofensivo.

Quizá ese sea el futuro de los superdeportivos: coches sin carrocerías exuberantes, sin ruido y sin pecado. Ferraris que no rugen, sino que emiten un sonido artificial cuidadosamente diseñado por un departamento dirigido por Jean Michel Jarre. Máquinas capaces de alcanzar los 300 km/h, pero incapaces de transmitir la sensación de estar al volante de algo absurdo y maravilloso.
Tal vez el Ferrari Luce sea brillante. Tal vez marque una época. Tal vez dentro de unos años todos digamos que era visionario, como lo fue el Cayenne para Porsche. Pero hoy, visto así, parece el primer Ferrari diseñado para gente que disfruta más configurando el coche que conduciéndolo. Y eso sí que es una tragedia italiana. Esperemos que en la caja, al menos, venga incluido el cargador.
Pues si ése es el futuro de Ferrari podemos decir que es lo más parecido a eso que la gente suele decir que se pincha en un palo.
Se puede decir que… FERRA…R.I.P?
Muy buena entrada, por cierto, da gusto leerla.
Si el Purosangue era como un CX-30, esto es como un MX-30 pero más feo.
Lo pones en el salón de Pekín con los logos de un fabricante chino desconocido y pasa desapercibido. Te dicen que es de una nueva marca de bajo coste y te lo crees.
Felicidades por el articulo. Muy divertido y una síntesis estupenda del estos tiempos que corren.
Y? Qué más da! Ferrari iba dirigido a un grupo de gente minoritaria. Si ya tienen unos o varios Ferraris, les falta el eléctrico para la colección. Qué más da que sea diferente y con un diseño estrafalario, soso y cutre? Que para gustos los colores.
Veamos el rollo es el siguiente, cuando el conductor le diga al señor: Que Ferrari saco hoy, el de gasolina o el eléctrico?
Y cuando aparezca por el grupo de magnates, pues será una sorpresa. El primero que lo lleve será el ganador del postureo y admirado (mamoneo bestial en esa clase social) por el resto que de momento no lo tienen (aunque interiormente piensen que es más feo que pegarle a un padre con un calcetín sudado).
Que más da que sea feo, que el motor no ruja, si le falta para la colección…una excentricidad más de esos que se montan su película…