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Para cualquier conductor, pocas situaciones son tan frustrantes como circular por un entorno urbano desconocido y perder un desvío porque la flecha del navegador se quedó congelada o avanzaba con retraso respecto a la posición real del vehículo. Esto es lo que se conoce como latencia, que técnicamente es la diferencia temporal entre el momento en que el coche ocupa una coordenada física y el momento en que el sistema de navegación procesa, muestra o utiliza ese dato para dar una instrucción.

La señal que recibe el coche viaja desde satélites situados a unos 20.000 kilómetros de altura, pero el retraso que percibimos en la pantalla suele tener más que ver con el hardware y el entorno del propio vehículo.

Causas de la latencia

La latencia no es un factor único, sino la suma de varios retardos en la cadena de información. El primer escollo es la frecuencia de actualización del receptor GPS. Muchos sistemas de infoentretenimiento estándar operan con una tasa de refresco de 1 Hz, lo que significa que solo calculan la posición una vez por segundo. A 120 km/h, un coche recorre 33,3 metros en ese intervalo, por lo que si el procesador añade retraso adicional en renderizar el mapa, el sistema nos estará mostrando dónde estábamos hace casi 50 metros.

Sistema GPS rastreando la posición del coche
Fuente de la foto: Freepik

Otro factor crítico es el llamado error de trayectoria múltiple. En las ciudades, las señales de los satélites rebotan en las fachadas de los edificios antes de llegar a la antena del coche. Este camino, que no es directo, distorsiona la medición de distancia, engañando al receptor sobre la distancia real al satélite. Como resultado, vemos un salto errático en el mapa o una deriva que el software intenta corregir mediante algoritmos de suavizado, los cuales, paradójicamente, introducen aún más latencia, ya que tienen que esperar a tener datos más coherentes para mover la flecha en la pantalla.

Navegación por estimación

Para evitar que el conductor dependa de una señal que puede ser perezosa o intermitente, la ingeniería de automoción utiliza lo que se conoce como navegación por estima. Con él, los sistemas más avanzados del mercado no confían exclusivamente en los satélites, y en su lugar, cruzan la información del GPS con los datos de los sensores del propio coche: el sensor de ángulo de giro del volante, los acelerómetros y los sensores de velocidad de cada rueda (los mismos que utiliza el ABS y el ESP).

Gracias a esta integración, si el coche entra en un túnel o circula entre edificios donde la señal GPS es débil o inexistente, el sistema calcula cuánto se ha movido el vehículo y hacia dónde ha girado. Esto permite que la representación en el mapa sea fluida y constante, compensando los retrasos de la señal satelital con cálculos físicos locales.

Para el usuario que desea minimizar estos efectos en sistemas de navegación, la solución pasa por tres pilares:

  • Asegurar que la antena tenga una visión clara del cielo (evitando que esté por debajo del parabrisas, si este es atérmico).
  • Mantener la cartografía actualizada para que el software no pierda ciclos de procesado intentando ubicar al coche en vías inexistentes.
  • Priorizar sistemas que utilicen sistemas duales (GPS + Galileo o GLONASS), lo que aumenta la disponibilidad de satélites y reduce el tiempo de fijación de la posición.