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Con la llegada del verano, las olas de calor y los trayectos de largo recorrido con el vehículo cargado, la mecánica del automóvil se enfrenta a unas condiciones duras. Aunque la refrigeración del motor suele acaparar la atención de los conductores, existe otro sistema crítico para la seguridad activa que sufre un estrés térmico extremo en la campaña estival: el sistema de frenos. Detener un vehículo en movimiento es, por definición, un proceso de conversión energética donde la energía cinética se transforma en calor mediante la fricción entre elementos móviles y fijos.

Cuando las altas temperaturas se combinan con un uso exigente del sistema de frenos —como descensos prolongados, tráfico intenso o un vehículo muy cargado—, el margen térmico disponible se reduce y aumenta el riesgo de sobrecalentamiento.

Disminución del gradiente térmico

El principal desafío físico que afrontan los frenos en verano es la pérdida de eficiencia en la disipación del calor. Los discos de freno, que suelen ser ventilados en el eje delantero para gestionar la transferencia de masas, evacúan la energía calorífica transfiriéndola directamente al aire que fluye a través de ellos. En invierno, con un aire ambiental frío, la diferencia de temperatura (el gradiente térmico) entre el metal de los discos y el entorno es muy elevada, lo que acelera el enfriamiento del conjunto.

En verano, el aire que refrigera los discos parte de una temperatura más elevada, a lo que se suma la radiación térmica directa de un asfalto que puede superar fácilmente los 60 °C. Al reducirse ese gradiente, los discos y las pastillas acumulan calor de forma mucho más rápida y tardan más tiempo en enfriarse tras cada frenada.

Si se realiza un uso intensivo del sistema (por ejemplo, durante el descenso de un puerto de montaña), los materiales de fricción de las pastillas pueden superar el rango de temperatura para el que han sido diseñados. Al alcanzar este punto, las resinas aglutinantes de la pastilla comienzan a degradarse y a gasificar, creando una finísima película de vapor entre la pastilla y el disco. Este fenómeno provoca que el coeficiente de fricción caiga de forma drástica: el conductor nota que, a pesar de pisar el pedal con la misma fuerza, el coche no decelera con la contundencia habitual.

Pedal esponjoso

El calor acumulado en las pinzas de freno no solo afecta a los elementos de fricción, sino que se transfiere por conducción hacia los pistones hidráulicos y, de ahí, al líquido de frenos. Este fluido es un componente de naturaleza higroscópica, lo que significa que posee la propiedad de absorber la humedad ambiental con el paso del tiempo. Este es el motivo por el cual los fabricantes estipulan su sustitución cada dos años.

Un líquido de frenos en buen estado tiene un punto de ebullición muy elevado (generalmente por encima de los 230 grados si es un DOT 4 estándar). Sin embargo, si el fluido es viejo y ha acumulado un porcentaje de agua en su estructura, su punto de ebullición desciende de forma clara. Bajo el estrés térmico del verano, la temperatura en la pinza puede superar con facilidad el punto de ebullición de ese fluido degradado.

Cuando esto ocurre, el agua mezclada con el líquido hierve y genera burbujas de vapor dentro del circuito hidráulico. Al ser el vapor un gas comprimible, a diferencia del líquido, que es incompresible, la fuerza que el conductor ejerce sobre el pedal se desperdicia en comprimir esas burbujas de vapor en lugar de mover los pistones de la pinza. El síntoma definitivo de este escenario de riesgo es un pedal de freno con un tacto excesivamente blando y esponjoso, con un recorrido anormalmente largo que reduce la capacidad de detención del vehículo a niveles críticos.

Para evitar el excesivo calentamiento de los frenos, es clave anticipar las deceleraciones mediante el uso del freno motor en los coches de combustión y mediante la frenada regenerativa en los eléctricos. También es importante verificar en un taller con maquinaria especializada el estado del fluido (y, en general, de todo el sistema de frenos) antes de emprender cualquier trayecto estival de largo recorrido.

Conviene recordar que sistemas como el ABS o el control de estabilidad no pueden compensar una pérdida de eficacia provocada por el sobrecalentamiento de los frenos, ya que actúan sobre la adherencia del neumático y no sobre la capacidad de fricción entre discos y pastillas.