Tras sustituir unos neumáticos desgastados por un juego nuevo (de las mismas características), el ordenador de a bordo comienza a registrar medias de consumo ligeramente superiores, habitualmente entre un 2 % y un 5 % más de lo que consume normalmente. A priori, podría parecer ilógico que un componente nuevo y, quizá, tecnológicamente superior sea menos eficiente que uno al final de su vida útil, pero la explicación nada tiene que ver con un defecto del producto. Se trata de leyes físicas relacionadas con la deformación de los materiales y la geometría del conjunto.
Cuando un neumático es nuevo, cuenta con una profundidad de dibujo que suele oscilar entre los 7 y los 9 milímetros. Un neumático al límite legal de desgaste, por el contrario, apenas mantiene 1,6 milímetros. Esta diferencia de espesor es una de las razones principales para entender por qué la resistencia a la rodadura varía de forma tan notable a lo largo de la vida del neumático. También cuenta el compuesto del neumático, su arquitectura, la presión y el diseño (si está orientado o no a la baja resistencia).
Deformación de los tacos
El factor determinante en el aumento del consumo es la resistencia a la rodadura, la cual está causada mayoritariamente por la histéresis. Este fenómeno ocurre cuando el caucho se deforma al entrar en contacto con el asfalto (la huella de pisada) y luego recupera su forma original al seguir girando. En este proceso de deformación y recuperación, parte de la energía mecánica se disipa en forma de calor.
En un neumático nuevo, los tacos o bloques del dibujo son altos y flexibles. Al ser más altos que los de unas gomas ya usadas, los tacos se flexionan más bajo la carga del vehículo y la fuerza de tracción. Esta flexión constante requiere energía y genera calor, como hemos explicado en el párrafo anterior. Por el contrario, en un neumático desgastado, la capa de caucho es mucho más fina y rígida, y al haber menos material que deformar y menos capacidad de flexión de los tacos, la pérdida de energía por calor es significativamente menor.

El factor geométrico
Más allá de la física de los materiales, existe un componente matemático que distorsiona las cifras de consumo que vemos en el cuadro de mandos, aunque de forma casi marginal: la variación del diámetro exterior.
Aunque la medida del neumático sea la misma (por ejemplo, 225/45 R17), un neumático nuevo tiene aproximadamente entre 10 y 12 milímetros más de diámetro total que uno desgastado (sumando los 5 o 6 mm de dibujo por cada lado). Esto significa que la circunferencia del neumático nuevo es mayor, y por cada vuelta completa, el coche recorre una distancia real superior con neumáticos nuevos que con viejos. Esto puede hacer que el ordenador de a bordo sobreestime muy ligeramente el consumo, normalmente en torno a ~1 % , según el vehículo y la calibración.
La masa del neumático nuevo puede influir en el consumo, aunque de forma marginal. Un neumático nuevo contiene más cantidad de caucho y, por tanto, pesa más que uno desgastado (la diferencia puede ser de hasta un kilogramo por rueda). Este incremento de la masa no suspendida y, sobre todo, del momento de inercia, exige un esfuerzo adicional al motor para acelerar y mantener la rotación de las ruedas, penalizando sutilmente el gasto de combustible en entornos urbanos donde las paradas y arranques son constantes.
También conviene comprobar la presión de inflado tras el montaje, porque una presión incorrecta puede aumentar la resistencia a la rodadura y alterar el consumo más que el propio hecho de estrenar neumáticos.
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