La conducción nocturna por vías rápidas o entornos interurbanos somete al conductor a constantes variaciones en las condiciones lumínicas. Uno de los factores que más incide en la fatiga visual y en la pérdida temporal de la concentración es el deslumbramiento provocado por los faros de los vehículos que circulan por detrás. Antes, este problema se solucionaba a través de la pestaña inferior que hay en el espejo retrovisor interior. Al accionarla, se modificaba manualmente el ángulo del espejo para reducir el reflejo.
Sin embargo, los vehículos modernos confían esta tarea a los retrovisores fotosensibles o electrocrómicos. Es por eso que en este artículo explicamos el principio de funcionamiento de estos espejos inteligentes, ya que su capacidad para oscurecerse de forma progresiva y automatizada responde a un proceso electroquímico donde los sensores ópticos son los protagonistas.
Cómo se toman los datos
El cerebro de un retrovisor fotosensible se compone de dos sensores ópticos, habitualmente fotodiodos o dispositivos semiconductores equivalentes, gestionados por un microprocesador integrado en la propia carcasa del espejo. Estos sensores están estratégicamente orientados en sentidos opuestos para medir dos variables lumínicas que son claves:
- El sensor de luz ambiental: Ubicado en la cara posterior de la carcasa (apuntando hacia el parabrisas delantero), se encarga de evaluar la luminosidad general del entorno por el que circula el vehículo. Su función es determinar si es de día, de noche o si se está cruzando un túnel.
- El sensor de deslumbramiento: Situado en la cara frontal (en el propio marco del cristal, apuntando hacia el habitáculo), mide de forma directa la intensidad de los haces de luz que impactan desde la zona trasera del coche.
El sistema electrónico compara constantemente ambas lecturas mediante un diferencial de luminosidad. Si el sensor orientado hacia delante detecta una baja luminosidad ambiental y, simultáneamente, el sensor orientado hacia el habitáculo registra una fuente de luz intensa procedente de la parte trasera del vehículo, como un pico de luz intenso e imprevisto (los faros del coche de atrás), el procesador determina que existe riesgo de deslumbramiento. En ese instante, calcula el nivel de opacidad necesario y genera una señal de baja tensión eléctrica dirigida hacia el cristal.
¿Por qué el cristal se oscurece?
La magia física que permite al retrovisor cambiar de tonalidad ocurre en el interior del propio cristal, el cual no es una pieza única. El conjunto está formado por dos láminas de vidrio recubiertas en sus caras internas por una película conductora transparente. En el espacio intermedio que queda entre ambos vidrios se confina un compuesto químico especial, generalmente un gel o solución de materiales electrocrómicos.
Cuando la unidad de control detecta la necesidad de oscurecer el espejo, aplica una pequeña corriente eléctrica a través de las películas conductoras transparentes. El paso de estos electrones altera la estructura molecular del gel intermedio mediante una reacción de oxidación-reducción. Al recibir la carga eléctrica, las moléculas del compuesto electrocrómico cambian su estado químico, modificando sus propiedades ópticas de absorción de luz: pasan de ser completamente transparentes a adquirir una tonalidad oscura o azulada de forma progresiva.
Cuanto mayor sea la intensidad del deslumbramiento detectado, mayor será el oscurecimiento ordenado por la unidad de control, reduciendo de forma muy significativa la cantidad de luz reflejada hacia los ojos del conductor. Una vez que el vehículo de atrás se desvía o reduce sus luces, la corriente eléctrica cesa o invierte su polaridad. Las moléculas químicas recuperan su estado original de reposo y el espejo vuelve a ser totalmente transparente en cuestión de segundos.
Cabe destacar que, por motivos de seguridad activa, este sistema se desconecta de forma automática al engranar la marcha atrás. La centralita del coche envía una señal de anulación al retrovisor para aclarar el cristal por completo de inmediato, garantizando así que el conductor disponga de la máxima visibilidad posible para realizar las maniobras de estacionamiento.
