El Salón del Automóvil de París de 2026 me ha dejado dos sensaciones. La primera es positiva: los salones del automóvil todavía pueden ilusionar. Después de años de decadencia, ausencias de fabricantes y acontecimientos cada vez menos interesantes, París parece haber recuperado, al menos parcialmente, el brillo de las grandes citas de antaño.
Hay novedades, coches que merece la pena conocer y, sobre todo, una variedad de propuestas que hacía tiempo que no encontraba en un salón europeo. No sé si estamos ante el principio de una recuperación o si se trata de una excepción, pero me alegra comprobar que todavía hay fabricantes dispuestos a invertir en este tipo de acontecimientos.
La segunda sensación es bastante menos tranquilizadora, al menos desde una perspectiva europea. Mientras los fabricantes chinos han acudido a París con coches de todo tipo, muchos de ellos listos para venderse o muy próximos a su comercialización, buena parte de las marcas europeas han recurrido a los prototipos y a la nostalgia para atraer la atención del público.
La presencia china ha sido abrumadora. A marcas que ya conocemos bien, como BYD, Geely u Omoda, se han sumado otras que todavía están preparando su desembarco comercial en Europa, como AVATR y AITO. Y lo más interesante no es tanto su número como la diversidad de sus propuestas.
En el Salón hay utilitarios, SUV de todos los tamaños, berlinas y automóviles de lujo. Coches eléctricos, híbridos e híbridos enchufables. Algunos destinados a competir por precio y otros concebidos para enfrentarse a fabricantes premium europeos. China ya no viene únicamente a demostrar que es capaz de fabricar coches baratos. Viene a competir en prácticamente todos los segmentos del mercado atacando donde, aún, no había atacado.
Y lo hace con productos tangibles. Coches que se pueden tocar, en los que uno puede sentarse y que, en muchos casos, ya están a la venta en otros mercados o lo estarán próximamente en Europa. No todos tienen por qué ser buenos, ni mejores que sus alternativas europeas. Eso habrá que comprobarlo cuando podamos probarlos. Pero están ahí, y cada vez son más.
Mañana domingo, a la hora habitual de publicación en nuestro canal de Youtube (las 19:00), publicaremos un vídeo resumen sobre el salón.
La baza de la nostalgia
La representación europea ofrecía un contraste llamativo. Las marcas francesas, que jugaban en casa, habían preparado numerosos prototipos, algunos verdaderamente atractivos. El problema es que buena parte de ellos recurrían a fórmulas que ya conocemos: reinterpretaciones modernas de coches que triunfaron hace décadas.
El Citroën 2 CV, el Renault Espace o las referencias deportivas al pasado de Peugeot son buenos ejemplos. Son nombres que despiertan simpatía, que forman parte de nuestra historia y que sirven para atraer visitantes a los stands. Pero también me llevan a preguntarme por qué una industria con tanta capacidad técnica, experiencia y tradición necesita recurrir constantemente a sus éxitos del pasado para generar ilusión.
No tengo nada contra los diseños retro. Algunos me gustan mucho. Y recuperar una denominación histórica puede tener sentido si detrás hay un buen producto. Lo que me preocupa es que la nostalgia parezca haberse convertido en uno de los principales argumentos de venta de la industria europea.
Los fabricantes alemanes tampoco desplegaron una gran exhibición de fuerza, aunque sí llevaron algunas novedades interesantes como el Audi A2 e-tron y el Volkswagen ID. Tiguan. Son automóviles que, por planteamiento, tienen bastante más relación con las necesidades reales del mercado que muchos de los prototipos expuestos por otras marcas.
Resulta curioso, no obstante, que incluso en estos casos aparezcan nombres conocidos. Tiguan, A2,… Es evidente que los fabricantes quieren aprovechar el reconocimiento de sus modelos históricos para facilitar la transición hacia el automóvil eléctrico. Es una estrategia comercial comprensible, pero también un síntoma de hasta qué punto Europa sigue apoyándose en lo que ya conoce.
Naturalmente, esta impresión admite matices. Europa sigue fabricando automóviles excelentes y conserva conocimientos industriales, capacidad de desarrollo y una experiencia que no desaparecen de un día para otro. Tampoco sería justo confundir el contenido de un salón con la situación real de toda una industria. Hay fabricantes europeos que están lanzando productos nuevos y competitivos, aunque no todos hayan tenido protagonismo en París porque ya los conocíamos (como los CUPRA Raval, Škoda Epiq y Volkswagen ID. Polo).
¿Y qué pasa con el resto de marcas asiáticas?
También me ha llamado la atención el nulo protagonismo de los fabricantes japoneses, con la excepción, muy discreta, de Honda. Un contraste notable con sus vecinos coreanos: Hyundai y Kia sí están, mostrando una gama amplia, moderna y competitiva. Dos fabricantes que, sin necesidad de recurrir continuamente a su pasado, han conseguido desarrollar una identidad propia y productos capaces de enfrentarse a los viejos rivales y a los de reciente aparición.
La vuelta a la tortilla
Hace no tantos años, las marcas chinas acudían a los salones europeos para aprender. Cuando digo que venían a aprender, me refiero a que venían como alumnos con su bloc de notas, su metro y su cámara fotográfica. Ahora están presentes con gamas completas, tecnologías propias y planes de expansión. Son los fabricantes europeos los que tienen que estudiar con atención qué están haciendo sus nuevos competidores.
Me he marchado de París ilusionado porque he vuelto a disfrutar de un salón del automóvil. Pero también con una pregunta que me parece difícil de ignorar: ¿cómo es posible que una industria con la historia y los recursos de la europea parezca mirar tanto hacia atrás, precisamente cuando más necesita demostrar que tiene futuro?
