Circular en marchas largas consiste en seleccionar una relación de transmisión elevada, como la quinta o sexta velocidad en el caso de los coches manuales, para mantener un régimen de giro del motor reducido en comparación con la velocidad de avance del vehículo. Esta técnica busca que el consumo de carburante sea bajo.
En la última década, la búsqueda de la máxima eficiencia y la reducción de emisiones contaminantes ha condicionado no solo el diseño de los motores, sino también las recomendaciones de conducción. Los indicadores de cambio de marcha de los vehículos actuales suelen sugerir el paso a una relación superior a un régimen bajo. Si bien esta práctica reduce el consumo instantáneo y el ruido del motor, ¿es realmente inofensivo para el motor circular sistemáticamente en la marcha más larga posible?
La respuesta tiene matices, pero hay que tener claro que lo que se hace para ahorrar unos cuantos céntimos puede derivar en problemas mecánicos. El problema no es la marcha larga en sí misma, que es ideal para mantener velocidades de crucero con baja carga de acelerador (es decir, con el acelerador poco pisado), sino la insistencia en mantenerla cuando se obliga a trabajar bajo un estrés mecánico innecesario (es decir, cuando se circula con el acelerador muy pisado, con el motor a bajo régimen y con poca o nula ganancia de velocidad).
Estrés mecánico
Cuando circulamos en una marcha larga, como por ejemplo quinta o sexta, a una velocidad reducida y solicitamos aceleración sin reducir de marcha, estamos forzando el motor. En este estado, la presión en la cámara de combustión es elevada, pero el régimen de giro es demasiado bajo para que el movimiento sea fluido. Esto genera un exceso de vibraciones de baja frecuencia que deben ser absorbidas por elementos de transmisión como el volante motor bimasa.
El volante bimasa está diseñado para filtrar las irregularidades del giro del motor y proteger la caja de cambios. Sin embargo, trabajar constantemente en regímenes donde las combustiones son más irregulares o bruscas, acelera el desgaste de sus muelles y componentes internos, y sustituir un kit de embrague y volante bimasa es una de las operaciones de mantenimiento más costosas. Además, este esfuerzo se traslada a los casquillos del cigüeñal y las bielas, que sufren una presión hidrodinámica mayor para mantener la película de aceite lubricante, aumentando el riesgo de desgaste prematuro porque la lubricación es peor.
Emisiones y acumulación de carbonilla
Otro de los grandes perjudicados por la conducción a regímenes excesivamente bajos es el sistema de gestión de emisiones, especialmente en motores diésel y de inyección directa de gasolina. Para que dispositivos como la válvula EGR o el filtro de partículas funcionen correctamente, es necesario alcanzar ciertas temperaturas de escape y caudales de aire, que no siempre se logran circulando a muy bajo régimen.
Una combustión a bajas revoluciones y alta carga puede favorecer una combustión menos eficiente y mayor generación de partículas, sobre todo en motores diésel y de inyección directa. Este residuo acaba obstruyendo la válvula EGR, encargada de recircular los gases de escape, y satura el filtro de partículas mucho antes de lo debido. Al no alcanzar la temperatura necesaria para realizar una regeneración natural, el coche se ve obligado a forzarlas inyectando más combustible o, en última instancia, entra en modo de protección, obligando a una visita al taller. En este sentido, el supuesto ahorro de combustible se anula por la ineficiencia de un sistema obstruido o por el coste de su limpieza química.
Cajas automáticas y coches híbridos
Es necesario precisar que, en la actualidad, gran parte del mercado se compone de vehículos con transmisiones automáticas o sistemas híbridos que gestionan el régimen del motor de forma autónoma mediante complejos algoritmos. En estos casos, es la propia unidad de control del cambio (TCU) la que decide circular a muy bajas revoluciones para homologar consumos mínimos. No obstante, en estos coches, cuando el conductor pisa el acelerador el sistema reduce de forma automática una o varias marchas para entregar la potencia necesaria, por lo que no se suele dar el estrés mecánico que hemos mencionado más arriba.
La mejor forma de conducir
Conducir de forma eficiente no significa llevar el motor muy bajo de vueltas, ni muy alto. La clave está en la anticipación y en entender la entrega de fuerza del motor de nuestro vehículo. En llano y a velocidad sostenida, las marchas largas son nuestras aliadas, porque apenas necesitaremos pisar el acelerador un poco para mantener la velocidad. Sin embargo, ante una pendiente, una incorporación o un adelantamiento, es técnica y económicamente más rentable reducir una o dos marchas. Al hacerlo, el motor funciona mejor, la respuesta será más intensa, la bomba de aceite y de agua giran con más vigor y los sistemas de descontaminación pueden hacer mejor su función.
