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Los componentes del coche que más sufren las temperaturas elevadas

La llegada del verano y los episodios de calor elevado suponen uno de los mayores desafíos mecánicos del año para cualquier automóvil. Aunque las fases de validación y desarrollo en climas desérticos forman parte de los protocolos estándar de los fabricantes antes de lanzar un modelo al mercado, el estrés térmico continuado acelera de forma notable los procesos de degradación de diversos materiales.

De ahí la vital importancia de comprender cómo afecta el calor a su funcionamiento, para retrasar o evitar averías que pueden ser costosas.

Refrigeración del motor y la batería

El componente que soporta la mayor carga de trabajo con temperaturas ambientales elevadas es, por definición, el sistema de refrigeración del motor, ya que su misión consiste en evacuar de forma continua el calor que produce la combustión. Cuando se circula bajo un sol intenso o, peor aún, se afronta un atasco prolongado, el flujo de aire dinámico que impacta contra el radiador disminuye o desaparece. En ese instante, todo el control térmico pasa a depender del electroventilador y del correcto tarado del termostato. El sistema de refrigeración trabaja con un margen térmico mucho menor que con temperaturas ambiente más bajas y cualquier fuga en los manguitos de goma, debilitados por la dilatación térmica y la presión del sistema de refrigeración, puede derivar en una pérdida de refrigerante y un sobrecalentamiento del motor.

En contra de la creencia popular de que el invierno es el principal enemigo de la batería de doce voltios, esta sufre un desgaste químico mucho más severo con las temperaturas muy elevadas. El calor acelera de forma exponencial la reacción química interna de autorrecarga y puede provocar la evaporación prematura del agua contenida en el electrolito. Este proceso daña los componentes internos de plomo y acelera la corrosión de las placas. El resultado se manifiesta habitualmente meses después, con la llegada de los primeros fríos, cuando la batería, ya degradada estructuralmente por el verano, es incapaz de suministrar la corriente de arranque en frío necesaria.

Reloj de temperatura del motor. Imagen de Freepik

Neumáticos y elementos de fricción

El neumático es el único punto de contacto entre el chasis y el asfalto, y su banda de rodadura está sometida a un esfuerzo térmico doble: la temperatura del aire y la radiación térmica directa de la calzada, que en jornadas calurosas puede superar los 60 °C. Bajo estas condiciones, los compuestos de caucho se vuelven más blandos, aumentando su deformación y acelerando el desgaste. Además, si la presión de inflado es inferior a la recomendada por el fabricante, la carcasa experimenta una mayor deformación por flexión al rodar. Este rozamiento interno incrementa la temperatura de la carcasa, que incrementa el riesgo de sufrir una pérdida de presión repentina o un reventón.

El calor ambiental hace que los frenos tarden algo más en enfriarse. No obstante, el principal responsable del fading (reducción de la eficacia de los frenos por calentamiento) no es la temperatura exterior, sino el uso intensivo del sistema de frenado.

Batería de tracción y electrónica de potencia

En los vehículos eléctricos e híbridos enchufables, el componente más sensible al calor elevado es la batería de tracción. Aunque estos sistemas disponen de circuitos de refrigeración específicos para mantener las celdas dentro de su rango óptimo de funcionamiento, cuando la temperatura aumenta de forma prolongada la electrónica puede limitar automáticamente la potencia de carga o incluso la capacidad de aceleración para proteger la batería frente a un sobrecalentamiento.

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