A menudo, en el mantenimiento cotidiano del automóvil, se tiende a infravalorar la importancia de los fluidos secundarios. El líquido lavaparabrisas suele ser el principal damnificado por esta percepción, cayendo con frecuencia en el error de pensar que el agua corriente es un sustituto válido y gratuito. Sin embargo, el uso de agua del grifo en el depósito no solo es una práctica ineficiente, sino que puede derivar en obstrucción de los difusores y pérdida de eficacia del sistema lavaparabrisas.
El sistema lavaparabrisas no es simplemente un tanque con una manguera. Se trata de un circuito hidráulico que incluye una bomba eléctrica, conductos de sección reducida y eyectores o difusores diseñados para echar el líquido sobre la superficie del cristal.
Aparición de cal
El principal enemigo del uso de agua corriente es la dureza de la misma, concretamente la presencia de sales de calcio y magnesio. Al evaporarse el agua, principalmente en el orificio de salida de los difusores, estas sales precipitan formando carbonato de calcio, la conocida cal. Y teniendo en cuenta que los eyectores actuales son cada vez más pequeños para generar una neblina fina que cubra más superficie con menos líquido, una mínima acumulación de cal puede obstruir el paso y que no se pueda dispersar correctamente el fluido.
Esta obstrucción no solo dificulta que el líquido llegue al cristal cuando más se necesita, sino que somete a la bomba eléctrica a un sobreesfuerzo. Al intentar impulsar el fluido a través de un conducto bloqueado, la bomba trabaja bajo una contrapresión para la que no ha sido diseñada, lo que puede provocar un sobrecalentamiento de su motor interno y su fallo prematuro.
Riesgos por congelación
Más allá de la integridad mecánica, el agua corriente carece de las propiedades necesarias para una conducción segura. El parabrisas acumula residuos, desde restos de insectos con un alto contenido orgánico hasta una película de grasa y hollín proveniente de los escapes de otros vehículos. El agua pura tiene una tensión superficial elevada, lo que hace que tienda a formar gotas en lugar de extenderse de manera uniforme, y carece totalmente de poder desengrasante. Al accionar los limpiaparabrisas solo con agua, lo más probable es que los residuos se extiendan por el cristal, creando un velo translúcido que, bajo el sol directo o las luces de los faros por la noche, puede anular la visibilidad del conductor durante varios segundos.
Por otro lado, debemos considerar el factor térmico. El agua corriente tiene su punto de congelación en los 0°C. En muchas zonas de la geografía, es habitual alcanzar estas temperaturas durante la noche, y si el agua se congela dentro del depósito o de los conductos, aumenta su volumen aproximadamente un 9 %. Esto hará que pueda reventar el depósito plástico, soltar las conexiones de los manguitos o incluso dañar irreversiblemente la bomba. Los líquidos lavaparabrisas específicos están formulados con alcoholes y aditivos que bajan el punto de congelación, a menudo hasta los -20°C o incluso más, garantizando que el sistema esté operativo en todo momento. Por tanto, el ahorro que supone no comprar un líquido específico es insignificante comparado con el coste de sustituir una bomba, unos difusores obstruidos o, peor aún, el riesgo de sufrir un percance por no ver bien la carretera.
