Los navegadores ya no solo sirven para indicarnos cómo llegar desde un punto hasta otro. Ahora ofrecen multitud de información, como reseñas de restaurantes, información sobre las zonas de bajas emisiones o incluso el estado del tráfico y de las carreteras en ese momento. Para poder dar toda esta información, necesitan manejar una gran cantidad de datos de distinta procedencia, combinarlos y validarlos continuamente.
El cálculo del tráfico en tiempo real no depende de una única fuente, sino de la superposición de varias capas de datos que se actualizan de forma constante. Google Maps o Waze, por ejemplo, parten de una base cartográfica muy detallada, pero lo realmente decisivo es cómo interpretan lo que está pasando en ese momento en cada tramo de vía.
Datos anónimos de los vehículos
La principal fuente de información para el tráfico en tiempo real son los datos de posición y velocidad de los propios usuarios. Cuando un conductor utiliza un navegador con conexión a Internet, el sistema puede registrar, de forma anónima, a qué velocidad se mueve y en qué tramo de carretera se encuentra. Al comparar esa velocidad con la esperada para ese punto concreto, el sistema puede deducir que está teniendo lugar una detención o que hay circulación lenta por tráfico.
Si muchos vehículos reducen su velocidad de forma simultánea en el mismo tramo, el navegador interpreta que hay congestión. Cuantos más usuarios haya usando la aplicación en una zona, más fiable será el cálculo. Por este motivo, los sistemas funcionan especialmente bien en grandes ciudades y vías muy transitadas.
Estos datos se complementan con información que introducen manualmente los usuarios en relación a accidentes, vehículos averiados, obras o carriles cortados. Esos avisos no se aplican de forma automática, sino que se contrastan con el comportamiento del tráfico y con otros avisos cercanos para evitar publicar falsas incidencias.
Información externa y patrones
Además de lo que aportan los conductores en tiempo real, los navegadores utilizan bases de datos externas y registros históricos. Entre las fuentes externas están los datos de tráfico proporcionados por administraciones públicas, concesionarias de autopistas o centros de control de tráfico. Esta información puede incluir cortes programados, obras, accidentes notificados por los servicios de emergencia o restricciones temporales.
A esto se suman los patrones históricos de circulación. Los navegadores saben, por ejemplo, que un lunes laborable a las ocho de la mañana una determinada vía suele congestionarse, o que un viernes por la tarde aumenta el tráfico de salida de una ciudad. Aunque la información en tiempo real tiene prioridad, estos patrones sirven para anticipar problemas cuando todavía no hay suficientes datos de vehículos circulando.
También influyen factores como el tipo de vía, el número de carriles, la existencia de semáforos, glorietas o peajes, y la velocidad media habitual. Con todo ello, el sistema estima el tráfico y cuánto tiempo se tarda, teniendo esto en cuenta, en recorrer cada tramo en ese momento concreto.
Además, algunos navegadores incorporan información de flotas profesionales, como taxis o vehículos de reparto o transporte, que aportan datos muy precisos de velocidad y tiempos de recorrido.
No es un sistema infalible
Si en un tramo hay pocos usuarios conectados, si se produce un incidente muy reciente o si una vía se vacía de golpe tras un corte puntual, el navegador puede tardar varios minutos en reflejar correctamente la situación. De ahí que, en ocasiones, recomiende una ruta que parece ilógica o que no reaccione de inmediato a un atasco repentino.
