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Cómo influye el estado de la carretera en el desgaste de los neumáticos

El neumático es el único punto de contacto entre el automóvil y la carretera. A través de una superficie equivalente a la palma de una mano en cada rueda, se transmiten las fuerzas de aceleración, frenado y guiado lateral de la dirección. Aunque los conductores acostumbran a asociar la duración de la cubierta exclusivamente a factores como el estilo de conducción, la presión de inflado o los alineados del eje, existe una variable externa de enorme impacto que a menudo pasa desapercibida: la microtextura y el estado de conservación del pavimento.

La abrasividad de la mezcla asfáltica y la presencia de irregularidades en la calzada no solo aceleran o mitigan la degradación del dibujo, sino que alteran el tipo de desgaste, influyendo de manera directa en la seguridad activa y en el coste por kilómetro.

Macrotextura y microtextura

Para comprender por qué un neumático se degrada con mayor rapidez en determinadas carreteras, es preciso diferenciar los dos niveles de rugosidad que componen el firme. En primer lugar se encuentra la macrotextura, definida por la disposición y el tamaño de los áridos (las piedras) expuestos en la capa de rodadura. En segundo lugar actúa la microtextura, que corresponde a la rugosidad microscópica de la superficie de cada árido

Cuando el coche rueda sobre un asfalto rugoso de tipo drenante o envejecido, diseñado para evacuar rápidamente el agua de lluvia mediante poros de mayor tamaño, las crestas del árido ejercen una acción de cizallamiento e indentación constante sobre la banda de rodadura. El caucho se comprime y se deforma al pasar sobre cada grano, disipando energía en forma de calor y favoreciendo la pérdida microscópica de partículas de goma.

Por el contrario, en firmes muy pulidos, de hormigón liso o con un alto porcentaje de betún en superficie (habituales en tramos urbanos o vías de construcción antigua), la abrasión mecánica disminuye. Sin embargo, este escenario presenta un reverso negativo para la dinámica del vehículo: al reducirse el coeficiente de fricción, es más fácil que aparezcan pequeños microdeslizamientos en fases de aceleración o apoyo en curva. Estos resbalamientos imperceptibles a la vista incrementan la temperatura local del neumático, lo que puede acelerar su desgaste.

Ejemplo de asfalto roto. Imagen de Freepik

Baches y desalineaciones

Más allá de la textura química y física de la mezcla bituminosa, las deformaciones estructurales de la calzada, como socavones, juntas de dilatación deterioradas o resaltos agresivos, suponen la principal amenaza para la integridad del neumático. Un impacto seco contra una grieta severa a velocidad de carretera somete a la carcasa a una deformación flexional súbita que puede fracturar los refuerzos internos del neumático, generando las conocidas ampollas o huevos en el flanco.

Asimismo, la circulación continuada por carreteras secundarias en mal estado somete al sistema de suspensión a un trabajo dinámico constante que termina por desajustar las cotas de alineación del vehículo. Un leve desvío en el ángulo de caída o en la convergencia provocado por las sacudidas de la vía alterará de forma irreversible el reparto de cargas sobre la huella de pisada.

Como consecuencia, el neumático comenzará a desarrollar patrones de desgaste irregular, tales como el desgaste en diente de sierra o la erosión acusada en el hombro interior o exterior de la banda de rodadura. Este fenómeno no solo acorta la vida útil del compuesto de manera prematura, sino que genera frecuencias de vibración parásitas y ruidos de rodadura que merman la precisión de guiado y el confort de marcha del automóvil.

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