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Frenos carbocerámicos: sus diferencias

Frenos de carbono

En el ámbito de la ingeniería de automoción, el sistema de frenado es uno de los componentes donde la transferencia de tecnología desde la alta competición hacia los vehículos de calle es más evidente. El exponente máximo de esta evolución son los discos de freno carbocerámicos. Aunque inicialmente estaban reservados en exclusiva a los monoplazas de Fórmula 1 y a los superdeportivos de producción limitada, hoy en día se ofrecen como equipamiento opcional en un mayor número de vehículos (aunque, en ningún caso están muy extendidos). Sin embargo, su funcionamiento difiere de forma radical de los discos tradicionales de fundición de hierro gris.

Un equipo de frenos de carbono cambian de forma importante parámetros críticos del vehículo como las masas no suspendidas, el coeficiente de fricción térmica y los propios patrones de mantenimiento del chasis.

Principales cambios

La primera gran ventaja técnica de los discos carbono-cerámicos está en su densidad material. Un compuesto fabricado a base de fibras de carbono reforzadas con una matriz de carburo de silicio es hasta un 50 % más ligero que un disco equivalente de hierro fundido. En términos de dinámica de conducción, esta rebaja de peso reduce las masas no suspendidas del vehículo. Al disminuir la inercia giroscópica de la rueda, los amortiguadores pueden copiar las irregularidades del asfalto con mayor velocidad y precisión, optimizando el contacto de los neumáticos y agilizando la respuesta de la dirección ante cambios de apoyo rápidos.

No obstante, su verdadero factor diferencial es su estabilidad termodinámica. Mientras que un disco de hierro convencional experimenta fatiga o deformaciones estructurales permanentes cuando su temperatura supera los 600 °C (aproximadamente), los compuestos cerámicos operan con total solvencia por encima de los 800 °C sin sufrir pérdida de eficacia por exceso de calor. Su bajo coeficiente de dilatación térmica garantiza que el pedal de freno conserve un tacto firme y directo incluso tras un uso intensivo y continuado en circuito, manteniendo las distancias de frenado estables en todo momento.

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Diferente desgaste

Una de las ideas erróneas más extendidas entre los aficionados es que un disco cerámico se desgasta de la misma forma que uno de metal, es decir, perdiendo grosor milímetro a milímetro debido a la fricción de la pastilla. En un sistema de carbono, el proceso físico es completamente distinto. La dureza superficial del carburo de silicio es tan elevada que el desgaste abrasivo que sufre el disco a lo largo de su vida útil es prácticamente insignificante, siendo la pastilla (de compuesto específico) la que asume el desgaste por rozamiento.

El verdadero enemigo de los discos cerámicos es la oxidación térmica interna. Cuando el vehículo rueda en circuito y los discos alcanzan de manera reiterada temperaturas extremas de entre 600 °C y 700 °C (por ejemplo, en circuito), las fibras de carbono que componen la estructura interna del disco reaccionan químicamente con el oxígeno del aire exterior. Esta reacción evapora de forma microscópica los filamentos de carbono, volviendo el núcleo del disco progresivamente más poroso y debilitando su densidad estructural interna, sin que la superficie exterior muestre un desgaste visual evidente.

Por esta razón, la comprobación del estado de unos frenos cerámicos no se puede realizar mediante un micrómetro tradicional para medir su espesor. Los fabricantes incorporan unos testigos de desgaste específicos grabados en el disco que cambian de color o textura óptica ante la porosidad. No obstante, para verlo, habría que desmontar el disco de la rueda y pesarlo en una báscula de precisión de laboratorio. Si la masa del componente cae por debajo del peso mínimo estampado por el fabricante en el buje de aluminio, el disco ha agotado su vida útil por oxidación interna y debe ser reemplazado de inmediato, independientemente de que conserve intacto su grosor original.

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