Icono del sitio Revista km77

Ventanillas parcialmente bajadas al aparcar al sol: ¿baja la temperatura o es un mito?

Con la llegada de los meses de verano y las olas de calor, los conductores buscan recursos para reducir las temperaturas extremas que se acumulan en el habitáculo de un vehículo estacionado en la vía pública. Una de las prácticas más extendidas consiste en dejar las ventanillas laterales un poco abiertas (apenas un par de centímetros). El argumento teórico que justifica esta acción es permitir una vía de escape pasiva para el aire caliente, asumiendo que así se mantendrá el interior más fresco.

Dejar las ventanillas ligeramente bajadas ofrece un alivio térmico prácticamente inapreciable en el balance global de temperatura del habitáculo. La explicación a este fenómeno no depende de la intuición, sino de cómo operan el efecto invernadero y la transferencia de calor por radiación y conducción en un entorno cerrado.

Efecto invernadero

El motivo principal por el que un coche se convierte en un horno bajo el sol está en las propiedades ópticas de sus superficies acristaladas. El parabrisas, la luneta trasera y las ventanillas laterales permiten el paso de gran parte de la radiación solar de onda corta. Esta energía lumínica y térmica atraviesa los cristales e impacta de lleno contra los materiales sólidos del interior: el cuero o tejido de los asientos, el plástico espumado del salpicadero, la moqueta y el volante.

Al recibir este impacto energético, estos componentes absorben la radiación y elevan su temperatura de forma drástica, comenzando a emitir calor de vuelta hacia el habitáculo. Sin embargo, este calor de retorno se emite en forma de radiación infrarroja de onda larga. A diferencia de la luz solar inicial, la onda larga no puede atravesar el vidrio común hacia el exterior, quedando atrapada dentro del coche.

Dado que la superficie acristalada total de un vehículo moderno es grande para favorecer la visibilidad, la cantidad de energía térmica que entra por minuto supera ampliamente la capacidad de evacuación de una ranura de dos centímetros. El aire que se encuentra en el interior sigue calentándose enormemente, y la renovación de caudal que permite una apertura tan pequeña es insuficiente para romper el ciclo termodinámico del efecto invernadero.

Inercia térmica de los plásticos

El segundo factor que anula la eficacia de dejar las ventanillas entreabiertas es la inercia térmica de los materiales sintéticos que componen el salpicadero y los guarnecidos. Componentes como el polipropileno o el poliuretano del interior tienen una alta capacidad para almacenar calor. Cuando el sol impacta directamente sobre el salpicadero, este puede alcanzar temperaturas superiores a los 70 °C. Aunque la ranura de la ventanilla permitiese que una pequeña corriente de aire exterior renovara parte de la atmósfera de la cabina, el plástico circundante continuaría irradiando un calor extremo de forma constante, recalentando el aire nuevo de inmediato.

Para que existiera una verdadera refrigeración por convección (intercambio de calor mediante el movimiento del aire), se requeriría una corriente de viento transversal cruzada y constante, algo inviable con las ventanillas prácticamente cerradas por motivos evidentes de seguridad contra robos o contra el agua de la lluvia. Al final de una jornada bajo el sol, la diferencia de temperatura en el aire interior entre un coche con las ventanillas totalmente cerradas y uno con ellas levemente abiertas suele ser pequeña y, en la mayoría de situaciones, insuficiente para evitar que el habitáculo alcance temperaturas muy elevadas.

La solución más eficaz consiste en abrir completamente una ventanilla y abrir y cerrar varias veces la puerta opuesta de forma enérgica para favorecer la renovación del aire. Su eficacia depende del vehículo y de las condiciones ambientales, pero puede ayudar a expulsar parte del aire más caliente acumulado en el interior.

Salir de la versión móvil