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Te ha mirado un tuerto

En un lenguaje coloquial, ya un poco antiguo, se solía emplear la locución “parece que te ha mirado un tuerto” para indicar la mala suerte de alguien, como si una mirada monocular tuviera efectos perniciosos. No será así en la vida diaria (es de suponer); pero tocante al automóvil aquí y ahora, la frase puede aplicarse a los no ya unos pocos, sino montones de tuertos que nos miran desde que anochece hasta que amanece y hay buena luz. No sé si dará mala suerte o no, pero lo cierto es que la cantidad de coches que andan por ahí con un faro “chiguato”, como dicen por Andalucía para referirse a esta discapacidad física, alcanza un porcentaje alarmante, y desde luego, no augura nada bueno ni para la seguridad vial, ni como signo de la situación económica por la que estamos atravesando. Porque, como también suele decirse coloquialmente, aquí no cambia una lámpara ni Dios.

En la columna quincenal que llevo en “La Tribuna de Automoción”, este tema ya lo toqué hace más de ocho meses, a primeros de Abril; por supuesto que no soy tan ingenuo como para suponer que, por haberlo denunciado yo, el fenómeno iba a desaparecer como por ensalmo. Pero no es que no haya ni tan siquiera remitido; sino muy al contrario que, al menos dentro de lo que me permiten mis dotes de observación, va adquiriendo tintes cada vez más preocupantes. Se puede observar tanto en carretera como en ciudad; puesto que, desde que es obligatorio, en cuanto no hay buena visibilidad, circular con luz de cruce incluso en zonas bien iluminadas, ya no vale el recurso de ir solamente con los pilotos de posición.


Se lo señalé a los dos participantes en el blog que me acompañaron en la prueba del Passat Variant 2.0-TDI 4Motion, hace ya unas cuantas semanas, y ambos coincidieron en señalar que ya lo habían notado, pero sin llegar a captar lo elevado del porcentaje de coches con dicho fallo. Al ir por la carretera de noche y fijándose: uno, y otro, y otro,… y otro, es cuando se capta la magnitud del fenómeno. Y también puede apreciarse en ciudad, como me ha ocurrido esta mañana, todavía entre dos luces, cuando he salido a hacer unos kilómetros de footing por el “pasillo verde”, que por suerte me pasa por al lado de casa. Parado en un semáforo, en el que he visto pasar del orden de una docena de coches, unos cinco o seis llevaban uno de los faros en malas o nulas condiciones. Habrá sido casualidad ese porcentaje tan abultado, próximo al 50%, pero desde luego sí es significativo, y eso es lo que me ha decidido a tomar este asunto como el tema para la entrada de esta semana.

Al margen de que sea una infracción, el trasfondo es que se trata de una circunstancia que supone un peligro tanto para el o los que van en el coche tuerto como para el resto de usuarios de la vía por la que circula. Porque si ésta no se encuentra muy bien iluminada, es decir, salvo que se trate de pleno centro urbano, al verlo llegar más o menos de frente cabe el riesgo de tomarlo por una moto, hasta que observas, ya muy de cerca, que se trata de un coche al que le falla un faro, o al que como mucho, le luce tan solo la luz de posición de ese mismo lado. No hace falta mucha imaginación para darse cuenta del riesgo que supone la composición de lugar que se hace el usuario de la vía que se encuentra de frente con dicho coche tuerto, y da igual que sea el conductor de otro coche, de una moto, de una bicicleta o un simple peatón. Porque si el faro que falla es el izquierdo, los conductores de vehículos con ruedas no creen que haga falta dejarle tanto hueco al cruzarse, tomándolo por una moto; y si le falla el faro derecho, un peatón podría pensar que es una moto que va bastante por el centro de la calzada, y no considera necesario echarse totalmente al arcén.

Y por otra parte, ya para el propio conductor del vehículo afectado, está el riesgo de la deficiente iluminación. Ciertamente, lo primero es darse cuenta de que falla un faro, lo cual en un primer momento no siempre se detecta; los actuales faros, sean los casi clásicos H-4 de yodo, los que ya podemos considerar normales H-7, los ya no tan frecuentes elipsoidales también halógenos (no muy satisfactorios al principio, y me acuerdo del Opel Calibra en concreto), y no digamos los modernos de xenón, iluminan muy bien. Tanto que, si no es al ver los haces de luz proyectados sobre una pared, o en el coche de delante, no es fácil darse cuenta de que falla uno, especialmente circulando en zona urbana o metropolitana, donde hay algún tipo de alumbrado público. Incluso en carretera, si el faro que queda en servicio está limpio y bien regulado, nos costaría en ocasiones advertir el fallo. Pero en cuestión de muy poco tiempo, por una u otra circunstancia, no tarda uno en darse cuenta de que falla uno de los dos proyectores.

Y ¿qué es lo que ocurre a continuación de que el propietario se da cuenta del fallo? Pues puede ocurrir que inmediatamente le ponga remedio, o que recurra al típico y tópico sistema celtibérico del “mañana lo arreglo”. Y como cada “mañana” siempre tiene por detrás otro “mañana”, ocurre como en la canción: que “así pasan los días” y así pasan las semanas, y los meses. Por supuesto que, en la mayoría de los casos, no hay una voluntad expresa de circular ad in aeternum con el coche tuerto; pero sí es cierto que la actual situación económica se presta a dejarlo para mañana y así nos va.

Con motivo de la crisis de la primera mitad de los 90s ya se pudo apreciar el mismo fenómeno, pero el actual resulta más acusado por una razón legal, debido a la cual el dichoso fenómeno se ha recrudecido de forma alarmante; y aquí se cruzan la crisis (o sea, la economía) y la picaresca (en versión técnica). Se trata de que, debido al notable incremento de coches dotados de faros de xenón, sumamente complejos (y caros), sin lámpara independiente y de teórica muy larga vida, ya no es obligatorio llevar repuesto en el coche. Me ha costado Dios y ayuda, dada mi autorreconocida incapacidad para transitar por los vericuetos de Internet, pero a base de bucear (a pulmón libre y con botellas) en la página de la DGT, acabé encontrando lo siguiente; ya lo conocía de oídas, pero he preferido confirmarlo con pelos y señales, y allá va:

Orden PRE/52/2010, de 21 de enero, por la que se modifican los anexos II, IX, XI, XII y XVIII del Reglamento General de Vehículos, aprobado por Real Decreto 2822/1998, de 23 de diciembre: “Asimismo, se modifica el anexo XII, sobre accesorios, repuestos y herramientas de los vehículos, para suprimir la obligación de llevar un juego de lámparas de las luces del vehículo, pues cada vez más vehículos llevan un dispositivo de alumbrado que sólo se puede manipular en los talleres autorizados y no por el usuario.”

Como claramente se advierte, la causa de esta modificación del anexo XII es la proliferación de los faros de xenón, pero la exención de llevar lámparas de repuesto es de tipo general, incluso para un veterano que siga llevando bombillas de filamento incandescente, en atmósfera no halógena. Y por lo tanto, con la excusa de que ya no es obligatorio llevar repuesto, si te para un guardia porque vas tuerto, siempre se puede decir “es que se me acaba de fundir”, y a ver quien demuestra lo contrario. Prometes por tus muertos que mañana mismo compras una lámpara (o un faro completo, si es de xenón), y a tirar millas. Para una vez que se hace una modificación sensata de un texto legislativo, se acaba introduciendo una laguna legal de la que muchos se están aprovechando para circular, durante largos períodos de tiempo, en una situación de evidente irregularidad pero en total impunidad. Claro que con los neumáticos lisos pasa tres cuartos de lo mismo; pero eso no se detecta con el coche en marcha, y no es cuestión de que los guardias vayan por las aceras, medidor de profundidad de dibujo en mano, controlando la banda de rodadura de los coches aparcados.

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