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Accidentología barata

Según datos de la DGT, profusamente repetidos por casi todos los medios de comunicación audiovisuales y escritos, el puente de Todos los Santos de este año ha dado lugar a un llamativo y trágico repunte de la siniestralidad vial, al menos por comparación con las mismas fechas del año pasado. A pesar de que los locutores/as y redactores/as se han echado las manos a la cabeza y se han mesado los cabellos, no recuerdo (porque no he puesto la menor atención en retener el dato) si este repunte es realmente notable o no. Me resisto a enfocar la tragedia de la carretera como si de una competición interanual se tratase, en un macabro remedo de esas estadísticas futboleras en que se calcula si, para las Navidades, el Madrid ha metido más o menos goles que el año pasado, o si el Barcelona le saca o pierde tantos puntos de ventaja respecto al Madrid (porque parece que no haya otros equipos, y con estos dos ya queda cubierto el cupo informativo).

Personalmente, y tanto en un año como en otro, y con cifras altas o bajas (porque siempre las habrá), lo que realmente me preocupa es cuántos de estos accidentes hubieran podido ser razonablemente evitados; todos, por supuesto que no, pero muchos, seguro que sí. Y para ello, en vez de tanta jeremiada farisaica, lo que habría que hacer es un análisis en profundidad de la problemática y de sus causas para, a continuación, buscar soluciones concretas, y no limitarse a emitir consejos genéricos, obviedades y perogrulladas evidentes que nada solucionan. Pero este enfoque activo y positivo topa con dos obstáculos formidables: las actitudes de los medios de información general, por una parte, y de la DGT por otra.

Ya he dicho en más de una ocasión que no soy nada corporativista, y de nuevo lo voy a demostrar: el seguidismo que dichos medios le hacen a la política de la DGT es la negación del periodismo, no ya de investigación, sino simplemente informativo; el que procura responder a las seis sagradas preguntas: ¿qué, quién, cuándo, dónde, cómo y por qué? A los funcionarios de la DGT les ha tocado la lotería en cuanto a su relación con los “mass media”; así como a los responsables de sanidad, economía, agricultura, vivienda, educación, industria, pesca, infraestructuras (incluyendo red viaria) y casi cualquier otra faceta de gestionar la “res publica” se les pone a caer de un burro (en función de la línea editorial de cada medio, bien es cierto), en el tema del tráfico y muy en concreto de la siniestralidad vial, hay una especie de temor reverencial a cuestionar las informaciones que desde la DGT se transmiten. Hasta el punto de que, lo que genéricamente se ha dado en llamar “políticamente correcto”, en nuestro tema específico se convierte en ser “siniestralmente correcto”.

En buena parte esto viene, si no justificado, al menos explicado por un concepto del periodismo basado en la noticia como impacto; la que te da titulares llamativos, aunque luego la información que viene a continuación esté notoriamente hueca de análisis o, al menos, de coherencia en el tratamiento del tema. El periodismo de sucesos, salvo contadas excepciones (taxista que ayuda a dar a luz a su pasajera, y cosas por estilo), está centrado en aspectos dramáticos o catastróficos; quizás es lo que a la gente le gusta conocer, es muy posible. Por ello, una “operación retorno” que se desarrolla con anormalidad (es decir, cuando no ocurre lo normal, que es el atasco), apenas si merece unas líneas en el papel o unos segundos en antena o en pantalla, mientras que si hay un lío de los gordos, ya tenemos resuelto el telediario. Y es que a este tipo de periodismo le encanta emitir cifras impactantes, aunque sean trágicas; parece que anunciar que en tal o cual catástrofe o atentado ha habido trescientos muertos es un logro informativo mucho más importante que si “sólo” ha habido treinta.

Pero esto no lo vamos a cambiar ni, en el fondo, importa demasiado; nos bastaría con que, puestos dar informaciones dramáticas (y hay que darlas) se enfocasen con algo más de espíritu crítico. Un ejemplo de libro del comportamiento lanar de los medios respecto a la DGT lo tenemos en las ya citadas operaciones “salida y retorno”: tras informarnos (en realidad lo que intentan es asombrarnos) de que va a haber cinco millones de desplazamientos (¿cuántos hay en un fin de semana normal y corriente?, esa sería una información aneja relevante) se le hace el juego a la DGT con el siguiente monumento a la estulticia: “Se recomienda escalonar la salida”, pero sin dar ninguna pauta de cómo llevar a cabo dicho escalonamiento (por pares o impares de matrícula, por color del coche, por orden alfabético de apellidos). En esta Semana Santa se atrevieron a aconsejar, con un par: “No salgan a primera hora de la tarde, y déjenlo para después”; si todo el mundo hubiese hecho caso, las carreteras habrían estado vacías durante la tarde y atascadas durante la noche; ¡magnífico, objetivo cumplido!

Este es el periodismo que apenas si da información de automovilismo deportivo sobre lo que no sea Fernando Alonso; ahora bien, si en las 500 Millas de Indianápolis o en uno cualquiera de los circuitos ovales de la NASCAR hay un buen accidente, de esos con media docena de coches dando volteretas por al aire a cerca de 300 km/h, ya podemos estar seguros de que en el telediario de la noche, y en la portada de algunos periódicos de campanillas por la mañana siguiente, tenemos cumplida información gráfica (ya que no literaria, desde luego). Estos accidentes aparatosos, el goteo de muertos en los fines de semana y como mucho la actual crisis de ventas, por su repercusión económica, es lo único que importa de la industria y el fenómeno automotriz. Pero de un Salón del automóvil, lo único que nos sacan (descontando los periódicos que tienen sección fija del motor) son las carrocerías más llamativas (normalmente “concepts” de los que no se volverá a hablar) o que tengan al lado a la azafata más ídem; pero sin citar ni por asomo la marca, porque eso es publicidad encubierta, aunque sea noticia. Pongamos que Seat saca un SUV “gordo”, al estilo del Audi Q5; pues en el telediario dirían “una marca” española ha sacado esto, como si no fuese noticia. En cambio, sí te pueden ofrecer, con pelos y señales, el “making off” de determinada película que todavía tardará tres meses en llegar, para ir calentando el ambiente. ¿Y eso no es publicidad?; lo único que no tengo claro, y casi prefiero no saberlo, es si es pagada o “gratis et amore”.

Pero en el fondo del asunto lo que subyace es la propia DGT: su obsesión por la cifra de muertos, manejada como ya se discutió en este blog meses atrás. Frías estadísticas, como si se tratase de cotizaciones de Bolsa, y no de vidas humanas; vidas que se contabilizan como éxito político de una gestión, y que cuando la siniestralidad repunta, como en este último puente, hay que buscar alguna excusa para justificarse. Pero ya que, como en el caso de los medios de información general, la posición de la DGT parece muy difícil de cambiar, al menos se podía intentar sacar algunas conclusiones de unos datos tan trágicos. Pero ni la menor referencia las posibles causas profundas de los accidentes en sí, o de por qué este año ha habido más o menos que el anterior. A juzgar por la información, lo mismo pudo haber sido por una tendencia subconsciente al suicidio colectivo, a causa de la crisis. Bueno, causas sí que se citan, y nos las sabemos ya de memoria; pero en el fondo, más que causas son circunstancias objetivas, que cualquiera podría señalar al presenciar el accidente: exceso de velocidad o velocidad inadecuada (tanto les da, aunque no sea lo mismo, ni mucho menos), distracción, cansancio, alcohol, invadir el carril contrario, salida de carretera, choque frontal, mal tiempo, buen tiempo (ha salido mucha gente), etc. Curiosamente, todos los conductores implicados en los accidentes debían ser excelentes: ni una sola vez se oye citar la impericia como causa; sino que, como mucho, se hace una referencia más o menos velada a que “perdió el control del vehículo”, o sea, que era un inepto.

Pero ya se sabe que, para la DGT, no hay conductores ineptos; lo que sí hay son conductores potencialmente peligrosos (y por supuesto que los hay de verdad) que osan rodar más rápido de lo que a los funcionarios de la DGT les parece correcto: o sea, el ritmo del conductor poco ducho en el manejo de su vehículo, perpetuamente asustado por la probable multa (aunque no sepa muy bien por qué) o por el posible accidente (tampoco tiene nada claro de por dónde le puede venir). Pero el simple recurso a la “prudencia” ya vemos para lo que sirve cuando las cifras de siniestralidad suben y bajan en función de causas que quizás no sean caprichosas (aleatorias sí, sin duda), pero que nadie se molesta en estudiar en serio (y si se hace, no se publicita, que todavía sería peor). Nosotros si sabemos de una causa: un alto porcentaje de conductores no sabe conducir con el mínimo aceptable de destreza; al margen de actuaciones incívicas, irreflexivas o imprudentes.

Quiero cerrar con una nota positiva, citando dos ejemplos de campañas de prensa, una semioficial y la otra privada, por parte de un medio de comunicación. La primera es la del “conductor abstemio” dentro de los grupos de jóvenes que salen “de marcha” en las noches de viernes y sábado; ya que parece ser que a la borrachera del “botellón”, o de la discoteca para los más pudientes, no hay quien le ponga freno, al menos que haya uno en sus cabales que luego vaya distribuyendo por sus casas a los más perjudicados. Y la otra iniciativa es precisamente la de “Ponle freno” de Antena 3, incitando a los ciudadanos a denunciar los “puntos negros”; ya está bien de eso de “tramo de concentración de accidentes”, como si un fallo de infraestructura o de señalización fuese obra de un influjo de origen extraterrestre que caprichosamente ha elegido ese tramo. Eso, al menos, son actuaciones concretas y positivas, para buscar soluciones que disminuyan la siniestralidad. Aunque también es triste que haya que recurrir a la denuncia ciudadana para solventar fallos evidentes; ¿acaso los agentes de las policías urbanas en su circunscripción, o los de la Agrupación de Tráfico en las carreteras, no tienen ojos en la cara para apreciar lo que sí puede ver un ciudadano y transmitirlo? Claro que si lo hacen, y nadie toma nota de sus advertencias, entonces apaga y vámonos, porque seguramente el mismo caso le harán a la denuncia ciudadana.

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