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Me hago viejo. Verde. En botella. O rojo.

Esta mañana he visto en km77.com las fotos del nuevo Mazda MX-5 y me han entrado ganas de tenerlo. Hace siglos que no tengo ganas de tener un coche. ¿Un coche? Para qué. Los coches son un dolor de cabeza. Te traen de aquí para allá, sin duda, son divertidos de conducir a ratos y aburridos a lustros. Hay que pagarlos, encontrar sitio para aparcar, asegurarlos, revisarlos y cuidar de limpiarlos y de que estén impecables. Los coches son un dolor de cabeza. Como internet. Claro que lo que digo de internet es que es un dolor de huevos. Ustedes ya me entienden.

Además, yo sólo necesito coche pocas veces al año, cuando voy a esquiar. El resto de viajes y desplazamientos puedo hacerlo en autobús, tren o en cualquier artefacto movilitrástor compartido.

Pero he visto esta foto y me han entrado ganas de tenerlo, de conducirlo, de viajar acompañado por la mujer aquella que vi una tarde en el cine. Por ella o por a saber quién. Cualquier conversación que a mí me parezca inteligente me sirve. Lástima que las que no me lo parecen me pongan de tan mal humor inmediatamente.

No, no me compraré en nuevo Mazda MX-5. No sé el precio, pero me da igual. No lo compraré. Hay demasiadas cosas que hacer con el dinero como para invertirlas en la compra de un coche. Más si es un capricho. Aunque, como la nariz de Cleopatra, hay caprichos que no lo parecen. O que los dioses debieran imponer que no lo fueran.

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