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¡Compartir es ganar! El conductor superdotado. 24 Horas Ford (2)

Sobre la una del mediodía del sábado, cuando quedaban unas cuatro horas para que terminara la prueba de las 24 Horas Ford, Eva Vicente, directora de comunicación de Ford, me para con su sonrisa eterna en uno de mis paseos por el Jarama, en busca de agua o de un lugar donde evacuarla, y me dice:

— Javier, ¿Conoces a David Rivas?

— ¡No! ¿Está aquí? ¡Quiero conocerlo!

Se me olvidó qué es lo que iba a hacer en mi paseo. No me acuerdo de si tenía sed o de si iba al baño. Fuera lo que fuera, se me olvidó.

Eva me presentó a David y a Bea, la chica con la que vive.

— David, Javier quiere conocerte.

— ¡Hola David! Por fin te conozco. No he podido ir nunca a los actos en los que has estado. Tenía muchas ganas de conocerte.

— ¡Hola Javier! Me ha dicho Eva que quieres conocer mi coche y…

— ¿Sabes la verdad? Lo que me gustaría de verdad es intentar conducir tu coche, para poder contarlo.

(Mueca)

— ¿Crees que no voy a poder?

— Es muy, muy difícil.

— ¿Ni siquiera en una esplanada grande en la que no haya ningún peligro?

— Creo que no. Muy muy difícil. Imposible.

David Rivas nació con los brazos atrofiados. Las extremidades superiores no le sirven para conducir. Una empresa de Bilbao le adaptó el coche, bajo una idea de David, para poder conducir íntegramente con los pies. Todavía no he visto su coche. Sé que funciona con un joystick que maneja con los pies. Quiero intentar conducirlo, poder contar qué dificultades tiene, cuáles son las sensaciones… David no me da esperanzas.

— Venga, ven, que te lo enseño. ¿Quieres que te dé una vuelta?

— ¡Claro!

No llevo la cámara encima, porque no sé a dónde iba, pero iba sólo un segundo y volvía al box a seguir las vueltas de mi equipo. Le digo que me deje un minuto para ir a por la cámara y que vuelvo enseguida. Regreso en un minuto, con mi cámara de fotos y de vídeo, pero… en cuanto David se sube al coche me doy cuenta de que no soy capaz de contar esto con imágenes. O no ese día. No me sentía capaz de interrumpir a David cada segundo para hacerle una foto o grabarle en video. Cada segundo es noticia. Cada segundo. La forma de subirse al coche y de cerrar la puerta es tan espectacular que ya me deja sin voz. No tenía sentido interrumpirle, prefería escucharle, empaparme de su experiencia, dejarle hablar… Ni siquiera tenía algo para tomar notas.

— David, es mediodía, hay una luz malísima para que hagamos fotos y vídeo. Necesito que quedemos tú y yo otro día para grabar todo esto en vídeo y para hacer fotos. ¿Es posible? Hoy no voy a hacer ni una foto.

— Lo que quieras. Quedamos cuando quieras. ¿Pero quieres que te cuente hoy cómo funciona?

— Sí, sí, por favor.

En ese momento ya era consciente de que estaba viviendo una de las experiencias más bonitas de mi vida, uno de los momentos por los que merece la pena haber vivido. David ya estaba descalzo dentro del coche, a punto de contarme:

— Este pedal izquierdo sirve para acelerar y para frenar. Hacia adelante acelera y hacia atrás frena. Y aquí, con el pie derecho, llevo la dirección (con el joystick), los intermitentes, el claxon, marcha atrás y marcha adelante, el freno de mano…

(Hay varios botones específicos, para diferentes elementos, y un pulsador que si se mantiene apretado durante un pitido pone en marcha una función, si se mantiene presionado durante dos pitidos pone en marcha otra y así sucesivamente. Lo grabaré todo con detalle y se lo mostraré. el pie derecho se encarga de casi una decena de cosas. Se lo enseñaré con detalle.)

— Lo que sí puedes hacer es probar la dirección en parado. El día que quedemos, la pruebas. ¿Te parece?

— Sí, sí, por favor.

— El coche también está adaptado para ser conducido sólo con las manos, así puede llevarlo también Bea, aunque a ella no le gusta conducir.

— Eso es bueno para que intente conducirlo yo. Si veo que me hago un lío con los pies paso a las manos.

— No. No puede ser. Cuando funciona un sistema el otro está bloqueado. Sólo se puede conducir de una forma o de otra. ¿Vamos a dar una vuelta?

— Sí, por favor.

El coche de David es un Ford C-Max adaptado. No sé qué motor lleva, quizá me lo dijo, pero creo que no. ¿Qué más da el motor que lleve?

— Mi ilusión de toda la vida era conducir. Me gustan mucho los coches, siempre había querido viajar con mi coche, moverme por donde yo quisiera, porder irme de viaje a mi antojo. Pero es que además me gustan mucho los coches. Leo km77.com porque me gusta conocer los detalles de los coches… el día que conduje por primera vez en la autoescuela se me caían las lágrimas de la emoción.

David conduce tan bien o mejor que la mayoría de las personas que conducimos. Al arrancar, para salir del Jarama, hay muchos coches aparcados y quizá para que me quede tranquilo da vueltas despacio, entre los coches, moviendo la dirección con precisión. Cuando él mueve el joystick, el volante que sirve para conducirlo con las manos gira. Pero si él no mueve el joysitck, es imposible mover el volante.

— Intenta girar las ruedas con el volante.

No me esperaba que no se pudiera. Hago fuerza pero no se mueve.

— Imposible. No se mueve.

Sigue maniobrando despacio entre los coches, con precisión, como si lo llevara yo o mejor, y salimos hacia la carretera. A la salida del Jarama, antes de llegar a la carretera hay varios resaltes muy pronunciados para que los coches aminoren la velocidad. Los pasa con soltura, reduciendo la velocidad con suavidad y precisión. Yo voy tan tranquilo, me fijo en cómo lo hace para poder contarlo, pero me podría echar a dormir (especialmente teniendo en cuenta que durante la noche anterior no he dormido). Salimos a la autovía de Burgos y David pone los intermitentes con el pie derecho a la vez que mueve la dirección, también con el pie derecho, sin un solo trompicón. Nos cambiamos de carril, deceleramos, salimos a la vía de servicio, tomamos la curva de una raqueta de salida.

— Mi única limitación —me dice  al llegar a la curva— es que no puedo pasar por las curvas a la misma velocidad que podéis pasar con un coche con volante. Con el joystick no puedo corregir y hacer pequeños movimientos con la precisión del volante. Pero es que, además, si pasara rápido por las curvas no podría sujetarme —me lo dice sin que venga a cuento y a la vez viene perfectamente a cuento. No viene a cuento porque ha pasado por la curva de la raqueta de la salida de autopista a velocidad normal. A la velocidad que marca la señal. Lo dice, lo entiendo pronto, porque le gustan los coches, porque le encantaría poder pasar por las curvas más rápido. Siente nostalgia por lo que es imposible—. Me han dado unas vueltas al circuito del Jarama. Yo no puedo conducir así. ¿Sabes qué? Yo he conducido coches de amigos en circuito. Yo me sentaba en el asiento del conductor y ellos a mi lado. Ellos llevaban el volante y el cambio y yo los pedales. Yo sé hacer el punta-tacón. Yo les decía «cambia» y ellos movían la palanca y yo apretaba el embrague.

Lo cuenta y me lleva a mi niñez. Así conducía yo con ocho años en el coche de mi padre. Él llevaba los pedales y yo, sentado a su lado, empecé a cambiar siempre las marchas. «Sin embrague», me decía mi padre, y yo cambiaba sin que él pisara el embrague. El día que llegué a ver por encima del salpicadero, llevaba cambio y volante, sentado a su derecha.

— Cuando ya estaba listo para examinarme de conducir, con el teórico aprobado, tuvimos que retrasar el examen porque no sabían qué pruebas ponerme. Decidieron ponerme una prueba que consistía en esquivar un cono a 90 kilómetros por hora.

— ¿Y eso por qué? Esa prueba no se la ponen al resto de conductores.

— Eso es lo que me da rabia. ¿Por qué me tienen que poner pruebas diferentes que al resto de conductores? Pero los examinadores se portaron muy bien conmigo. Me suspendieron la primera vez por acelerar en un carril de incorporación.

— ¿Y eso? En los carriles para incorporarse lo correcto es acelerar ¿no?

«Quizá sí, pero no me podían aprobar a la primera» creo que me contestó, pero no recuerdo sus palabras con exactitud. Llevaba quince minutos con David en el coche. Yo estaba feliz y creo que él también. Yo disfrutaba de cada segundo, de los movimientos del coche, de la tranquilidad infinita con la que nos desplazábamos, con la misma seguridad que con cualquier otro conductor.

— La segunda vez que me examiné, cuando acabó el examen, los dos examinadores se pusieron a hablar entre ellos, como si yo no estuviera. Al final les tuve que preguntar. «¿Qué pasa? ¿He aprobado o no?» «Ah, perdona David. Sí, Sí, has aprobado».

El aprobado de David es un aprobado con nota. Cuando llegamos de regreso a la garita de entrada a la urbanización en la que está el Jarama, además de la dirección, el freno y el intermitente, abre la ventanilla cuando llega a la garita y el coche no se desvía un centímetro de la trayectoria.

Muchos conductores, cuando desviamos la vista de la carretera para accionar el elevalunas, desviamos también ligerísimamente la trayectoria. David, como no quita la vista de la carretera, porque tiene todos los mandos localizados en el pie derecho, sigue perfectamente recto.

Regresamos a nuestro lugar de origen y David maniobra con precisión para dejar el coche aparcado en el mismo lugar del que lo habíamos sacado unos veinte minutos antes. Caracoleamos de nuevo entre los coches aparcados. Hemos tardado mucho y nos espera Bea.

— Me gusta irme con ella de viaje. Llevamos 15.000 kilómetros en seis meses. En internet ha habido muchos comentarios de gente diciendo que ojalá me estrelle pronto, que es un peligro para todos los demás que yo circule por la carretera.

Creo que no digo nada. Quizá diga algo. Quizá ponga cara de desprecio.

— Yo no hago caso —me dice— A mí me gusta vivir. A mí me gusta vivir como al que más. Conduzco con mucho cuidado, porque me gusta vivir.

David es un conductor superdotado. Me ha llevado con una suavidad y seguridad equivalente a la de cualquier buen conductor. Y sin tocar el volante. ¿A ver quién iguala eso?

Gracias David. Me has regalado uno de los momentos más apasionantes de mi vida. Ir a tu lado en el coche, conocer tus experiencias, tus ganas de vivir, tu empeño por sacarte el carnet de conducir, tu sonrisa… Mil gracias.
* * *

(Es posible que en este texto-entrevista haya inexactitudes. Es una transcripción hecha desde la memoria, no desde una grabadora. Corregiré lo que David me diga que no es preciso, pero de momento lo publico así porque me quema)

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