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Dos Euros

Mañana de sábado. Bajo cantando del autobús, camino de la redacción. Tengo que repasar la información del X-Bow que con las prisas hay errores e incorrecciones.

Bajo en la plaza Mariano de Cavia y enfilo por la acera de la izquierda hacia la plaza Conde de Casal. Apoyada en la pared roja que hace esquina con la plaza, una mujer sentada en el suelo, pide limosna acompañada de una letanía ininteligible. Una bufanda gris le cubre la cabeza y la cara. No se la ve, mientras balancea su cuerpo con las letanías. Delante, unos papeles a modo de alfombrilla y sobre el suelo un pie descalzo, sucio, que asoma por el final de la falda.

Paso por el lado, la miro, busco casi instintivamente en el bolsillo del pantalón, saco dos monedas de dos euros, las miro, me fastidia no tener nada más pequeño, le dejo una moneda y me guardo la otra.

Sigo calle hacia abajo con el run run de haberle dejado demasiado dinero. Ya no canto. En la primera esquina giro hacia la izquierda, camino de la redacción. Pienso en la mujer. Está desvalida en una calle por la que no pasa nadie. Es como pobre entre los pordioseros. En ese lugar, detrás de la parada del autobús, hace mucho frío, no da el sol y además no pasa nadie. ¿Qué hace ahí? ¿Cómo voy a dejarla ahí, sola?

A cualquier persona que se hubiera caído por la calle le hubiera dado 10 euros para que fuera al hospital en taxi, o la hubiera llevado en mi coche, o la hubiera acompañado. ¿Por qué a ella no?

Dudo. Giro en redondo. Otra vez. Doy la vuelta. Desando la esquina y me acerco a ella. Me agacho, en cuclillas, enfrente, ni cerca ni lejos. No levanta la cara. Me quedo callado unos segundos. Hace mucho frío, está poco abrigada para estar quieta en la sombra y tiene un pie descalzo. Se me hace imposible que está ahí, quieta. Miro el mantelito. «Mis» dos Euros ya no están. Sólo queda la moneda de un Euro que había antes.

—¿Está bien? ¿Puedo ayudarla?
—Tengo seis hijos, mi marido está enfermo, necesito dinero para comprar leche…— empieza la retahíla de siempre.
—Ya le he dado dinero. Dos euros.— Le digo casi presumiendo. —No hablo de eso. No hablo de darle dinero hoy. Quiero ayudarla. ¿Cómo puedo ayudarla?

A la vez que hablo me doy cuenta de que no tiene ningún sentido darle 20 Euros, 50 euros, 100 Euros. Se trata de ayudarla de verdad, no tiene ningún sentido que al día siguiente o dentro de tres días vuelva a la acera, a pasar frío, con la letanía triste e inteligible.

—Sólo Dios lo sabe— contesta con su acento extranjero
—Eso no tiene ningún sentido— murmullo en alto a la vez que lo pienso. Me levanto. Las piernas no aguantan más.
—Yo creo en Dios. Soy creyente. Él decidirá.

No sé si el enviado de su Dios seré yo, un ateo recalcitrante. Me duele esa fe en su Dios, que ya proveerá. «Dios se lo pague» me dicen muchas veces cuando doy dinero en el metro o por la calle y casi me arrepiento del dinero que les he dado. Lo dicen, lo imagino, por el mismo motivo que llevan la cruz de forma bien visible. como herramienta de marketing. Es un chantaje emocional para los creyentes. Recuerden, vienen a decir, que antes entrará un pobre en el reino de los cielos. Y que la caridad da muchos réditos. Esa cruz es una herramienta de marketing. Mi mujer de hoy también la lleva, sobre su alfombrilla, en primer término. Pero me da igual. Hace mucho frío y está sola.

—¿Puede usted trabajar?
—Estoy operada— dice mientras me muestra la mano derecha con una cicatriz.

Seguro que puede trabajar, pero ¿qué entenderá esta mujer por trabajar? ¿Quién se va a fiar de ella para darle un trabajo? ¿Qué comunidad de vecinos le va a encargar que le limpie la escalera? ¿Qué papeles tendrá, si los tiene?

—Mire, aquí no puede estar, hace mucho frío. ¿Dónde vive usted?

Ni se me ocurre llevarla en el coche. Eso se me ocurre ahora al escribir. No llevarla, sino que ni siquiera se me ha ocurrido.

—En una chabola.
—¿Dónde?
—En la Plaza Castilla.
—¿Como viene hasta aquí?
—En metro.

No me explico cómo llega hasta esta calle tan poco transitada si viene en metro. ¿Por qué no pide en el metro? ¿Ganará más dinero aquí porque hace frío y los transeúntes nos apiadamos o no le dejarán sitio en el metro?

—¿Dónde están sus hijos?
—En la cole— me dice y me quedo tan ancho. Pienso que cuando dice «la cole» se refiere «al cole». No me doy cuenta de que es sábado.
—¿Qué edad tienen?

Con su acento extranjero y un español relativamente bien articulado empieza a mostrarme las fotos que tiene en el mantel y a decirme los nombres y las edades. Cuatro años, tres años y dos meses, diez años… señala con el dedo mientras mueve el crucifijo para que aparezcan las caras. Todos y todas están o van a «la cole».

—¿«La cole» es el colegio?— pregunto extrañado porque tres años me parecen pocos.
—Sí, «la cole».— De ahí no la saco.
—¿Viven los ocho en la chabola?
—Sí, con mi marido enfermo desde hace cinco años. Todos en la chabola. Puede venir a ver a mi marido cuando quiera.

Yo no lo transcribo, pero mezcla el tú con el usted. «Puedes venir a ver a mi marido cuando quieras» es la transcripción literal. Habla mucho. Me extraña.

—¿A dónde, a la chabola?
—Sí, a la chabola.
—Me da miedo ir a la chabola.
—¿Miedo? ¿Por qué miedo? No, miedo no.

Lo dice convencida y a mí se me escapa una sonrisa que ella no ve. Llevamos mucho rato hablando y no ha levantado la cabeza en casi ningún momento. Le he visto los ojos de refilón, con esa especie de turbante que le cubre la cabeza y parte de la cara. Pienso que los hijos, los mayores al menos, estarán en un semáforo, limpiando cristales y los pequeños en la chabola, que me horroriza y a la que no tengo intención de ir.

—Mi marido está enfermo en casa. Lleva cinco años.

Empieza a explicarme no sé qué de un tiro, no sé si en el pecho o en la cabeza. No consigo entenderla.

—¿A usted? ¿Un tiro en la cabeza?— le pregunto de pronto asustado porque ese fuera era el motivo del turbante.
—No. Mi marido.

Otra vez de pronto, sin pensarlo, incluso con un poco de brutalidad, le suelto:

—¿Y cómo tiene usted tantos hijos?

Se encoge de hombros y no contesta.

Me he enterado de todo y de nada. No sé qué hay de cierto y de mentira en todo lo que me cuenta. Me da igual.

—Bueno, muy bien. ¿Y cómo puedo ayudarla? Pero no hoy con cinco, diez o 20 euros. No, dígame cómo puedo ayudarla para que no tenga que volver aquí a pedir, cómo puedo ayudar a sus hijos y a su marido. Qué puedo hacer por ustedes.

—No lo sé. Sólo Dios lo sabe.

Grrr. Sé que la mujer está en ese lugar con frecuencia. La he visto en otras ocasiones, pero no me he fijado en ella. He pasado distraído, como siempre, pensando en km77.com y en cómo podemos mejorarlo. Hoy sábado, una moneda de dos euros me ha hecho dar la vuelta.

—Pensaré a ver si se me ocurre algo que pueda hacer. La encontraré aquí.
—Sí, aquí.

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