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Partes meteorológicos

En más de una ocasión he dejado bien sentado que no sufro el menor atisbo de corporativismo profesional. Quizás algo –y no mucho- en el específico campo de la información de motor; y absolutamente ninguno en cualquier otro tipo de periodismo, respecto del cual soy un receptor más de información, lo mismo que cualquier otro ciudadano de cualquier otra profesión. Y es que los programas informativos de radio y sobre todo de TV, muy especialmente en sus facetas de sucesos, meteorología y tráfico, están cayendo –o al menos a mí me lo parece- por un despeñadero de pérdida de calidad, ecuanimidad y manejo del idioma realmente preocupantes. Hay toda una plétora de nuevos/as locutores/as que no sé si han salido o no de la Facultad de Ciencias de la Información, si trabajan como becarios o ya como personal de plantilla; pero que, en cualquier caso, dan la impresión de estar más verdes que los campos en Abril después de una buena lluvia.

Todo empieza por hablar con una sintaxis (por llamarla de alguna manera) inconexa, mezcla de influencia yanqui (quizás para demostrar que han estudiado inglés) y de total desconocimiento de la propia; el orden de sujeto, verbo y predicado anda siempre manga por hombro, y la concordancia en género y número es algo que para ellos debe venir de Marte. Talmente parece que tanto la ortografía como la sintaxis de los mensajes de Twitter hayan infectado también a los medios audiovisuales. A continuación viene lo que en la moderna jerga del “spanglish” se ha dado en denominar como remarcar o enfatizar, cuando antes nos bastaba con destacar, resaltar, subrayar o, al límite, recalcar. Pues bien, cuando en una frase llegan a la palabra que consideran fundamental (y que muchas veces no lo es), hacen una “paradinha” como si fuesen a tirar un penalty, creando una pausa dramática, y luego la pronuncian muy despacio y en un tono algo más elevado, como si estuviesen hablando para imbéciles, que necesitan que les orienten respecto a lo que es clave en la noticia, y lo que no lo es.

Finalmente, el tono de voz; muy en particular el de las féminas. ¿Se han fijado Vds en que la gran mayoría de las locutoras que retransmiten desde la vía pública lo hacen chillando, aunque tengan el micrófono poco menos que metido en la boca hasta la laringe? He dicho chillando, que no es lo mismo que hablando en un tono de voz alto, o incluso fuerte; son cosas distintas. Aquí creo detectar de nuevo un influjo “made in USA”, porque en cuanto uno se encuentra (en aeropuertos, acontecimientos deportivos, o una excursión de turistas) con un grupito de media docena de “teen-agers” femeninas del otro lado del Atlántico Norte, su modo de hablar es a base de una emisión sincopada de grititos y chillidos. Y parece que esto ya está haciendo escuela a este lado del charco, porque las nuestras llevan ya tiempo hablando así, debido quizás a tantas “sit-coms” como emiten las cadenas de TV. Sería muy conveniente que en la Facultad les pusiesen varias horas de informativos realizados por la añorada Rosa María Mateo, para que aprendiesen a hablar con claridad, elegancia, sosiego y buena dicción.

Ahora llegamos a los contenidos, o más bien a la forma de valorar su nivel de dramatismo o trascendencia. Pero el planteamiento habitual es que cualquier noticia que den tiene que parecer casi el anuncio del fin del mundo. Les da lo mismo un muerto ocasional por intoxicación alimentaria en Albacete, que 300 ahogados en un naufragio de emigrantes ilegales de Túnez a Italia, o que 1.500 masacrados en Nigeria por los asesinos islamistas de Boko Haram. Todo es -o lo narran como si lo fuese- catastrófico; para ellos no hay un escalonamiento razonable. Tiene que ser terrorífico; y si no lo es, pretenden convencernos de lo contrario, dramatizando el tono de voz.

Pasemos al campo concreto de la meteorología. De unos años a esta parte parece que es noticia, digna de chillidos o entonación campanuda, que en invierno haga frío y en verano haga calor. Para ello, apuntan con la cámara a un termómetro situado en Sevilla a pleno sol y a las tres de una tarde de Agosto, para que veamos que marca 39ºC; digo yo que la noticia sería que marcase menos de 10ºC. Y a su vez envían en pleno invierno a un becario/a a lo alto de un puerto o de una estación de esquí (donde todo el mundo va equipado hasta las cejas) para que veamos que allí están a -8ºC, y no achicharrados de calor (que eso sí tendría gracia). Hace pocas semanas, en mi recorrido habitual de pruebas, y no precisamente donde hace techo a 900 metros de altitud, el termómetro marcó -9ºC, y no me puse a dar gritos dentro del coche (y de donde procuré no salir, claro).

¿Y qué decir del tamaño de las olas cuando se espera o ha habido marejada? Lo mismo les da que sean de cuatro que de diez metros, con tal de pararse antes de dar la cifra, crear la ya mencionada pausa dramática, y luego lanzarla –precedida de la preposición “hasta”- como si fuese una batería de cohetes Katiusha. Por lo visto, estos jóvenes no han oído hablar en su vida del fenómeno de las “mareas vivas”. Es curioso que, de vez en cuando, tengan que ser algunos de los entrevistados los que les bajen al mundo real, puntualizando: y si no hace frío (o calor) en estas fechas, ¿cuándo lo va a hacer? Pero ellos siguen, inasequibles al sentido común.

Y vamos ya con la información relativa al tráfico invernal. Hay tres expresiones que son auténticos “mantras” que nunca faltan: “cadenas para la nieve”, “las temidas –o peligrosas- placas de hielo” y que “los conductores deben extremar la prudencia”. Los neumáticos invernales y de contacto no existen para ellos; no sé si por ignorar su existencia, o más bien porque no tienen el “glamour” informativo y dramático de sacar a un paisano poniendo las cadenas con los dedos ateridos de frío. Y tampoco falta el primer plano de una rueda (quizás del propio coche de la emisora) patinando sobre la nieve al darle un a todas luces exagerado acelerón para hacer una arrancada, contraviniendo lo que quizás acaban de recomendar: es preciso manejar todos los mandos con suavidad.

Por lo visto, aun siendo personal de una cadena televisiva, no ven sus propios informativos, en los que ellos mismos nos comunican que en países tales como USA, Canadá o el Centro y Norte de Europa sufren nevadas muchísimo más fuertes que las nuestras, en las que durante las primeras horas se organizan unos “cacaos” de tres pares, porque no hay capacidad de limpieza para hacerles frente. Así que no hay por qué ponerse especialmente trágicos porque estén cerrados tantos o cuantos puertos de montaña, sean de la red principal o secundaria; porque para eso estamos en invierno, y en todas partes cuecen habas. Salvo quizás en Escandinavia, donde recurren al procedimiento de no quitar la nieve del todo, sino simplemente apisonarla, porque todo el mundo lleva neumáticos adecuados para circular sobre ella; véase el reciente Rallye de Suecia, llevado a cabo sobre caminos de tierra (nevados) que se vuelven a abrir al tráfico una vez ha pasado la carrera.

Pero lo que les produce una mayor sensación de estar anunciando una tragedia es lo de “más de veinte pueblos aislados” (Tresviso es ahora más famoso por la nieve que por su queso). Aunque lo gracioso es que estos mismos locutores son los que, unos meses más tarde, nos estarán transmitiendo informaciones (también apocalípticas) sobre el calentamiento global de nuestro planeta. Lo cual significa que ahora nieva algo menos que en el siglo XVI, por ejemplo, cuando hubo una especie de mini-glaciación. De modo que hasta mediado el siglo XX, cuando aparecieron los primeros quitanieves eficaces (al margen de los del ferrocarril), ¿qué es lo que ocurría en los pueblos? Porque había más pueblos que ahora, ya que muchos están abandonados, debido precisamente a las facilidades de comunicación.

Pues todos esos pueblos se quedaban, lisa y llanamente, aislados; en ocasiones durante varios meses. Y no digo yo que algún paisano que otro no falleciese por congelación, pero la gran mayoría sobrevivía; y un año tras otro, porque sus descendientes seguimos aquí, vivitos y coleando. Pero la solución es tan evidente que casi da vergüenza tener que explicarla, y era y es bien conocida por los serranos: tener acopiada energía (leña y ahora también fuel, o butano), y alimentos para unos cuantos días (en tiempos, semanas o meses); y ello desde principios del invierno. El frigorífico sale gratis; basta con sacar algo a la ventana, o al patio, y asunto resuelto. Lo que ya es rizar el rizo es lo que planteó una cadena de TV, gozando incluso de un titular a pie de pantalla, y no sólo como frase suelta: “¿Qué hacemos ahora con la nieve?” El tremendo problema, digno de Hamlet, iba acompañado de la visión de unos montoncitos de nieve acumulados en una acera. Pues la solución, la conocida desde tiempo inmemorial, a saber: dejar que se funda; o si no, cargarla en volquetes y echarla al campo.

 

¿Y qué pasa con las inundaciones? En muchas poblaciones existen las famosas señales de “hasta aquí llegaron las aguas”, señalando las grandes riadas; ahora, aunque todavía quede dos o tres metros por debajo, te lo cuentan como si fuese el Diluvio Universal y estuviésemos a punto de ver aparecer el Arca de Noé. Recuerdo de chico en Zaragoza, que al menos una vez cada tres años, el Ebro se desbordaba, y se veía una lámina de agua anegando los campos en centenares de metros de anchura; y se aceptaba como cosa normal, porque es un fenómeno natural, como la crecida anual del Nilo. ¡Y qué sería de Egipto sin ella!; ya lo dijo Herodoto.

En un país en el que más del 90% del territorio no suele tener problemas por agua o nieve, y sólo puntualmente -más bien al revés, pues otras noticias, alarmistas o no, dicen que vamos hacia la desertización-, es lógico que el trabajo se nos amontone cuando cae una “gorda” de verdad, sea líquida o semi-sólida. Claro que si seguimos con la costumbre de mantener los centros urbanos donde antaño, en pleno cauce de la riera o en sus proximidades, porque era más práctico para coger el agua con cubos, no nos extrañemos de que el torrente se lleve medio pueblo por delante cuando hay riada. Y luego a llorar, porque el agua te ha entrado hasta la cocina; olvidándote de que hace seis, o diez, o quince años, ya había ocurrido exactamente lo mismo. Y entonces venga a pedir “soluciones, ya”, como si fuese tan fácil convencer al agua para que se olvide de obedecer a la fuerza de la gravedad, que siempre empuja hacia donde está más bajo.

Al periodista, sobre todo si es novato, todo esto le viene de perlas para presentarlo (calzado con katiuskas de goma) como una gran catástrofe –si bien para algunos lo sea, aunque no novedosa-; pero a la vez, y año tras año, nos dan puntualmente información de las inundaciones que, en la época de los monzones, inundan con muchísima mayor violencia el Sudeste asiático, como viene ocurriendo con regularidad cronométrica desde tiempo inmemorial. Y eso sí que son inundaciones de verdad, comparadas con las nuestras; y en países con bastantes menos medios materiales para contrarrestarlas. Lo que ocurre es que, hasta mediados del siglo XX, no había TV que retransmitiese las imágenes; y ya se sabe: ojos que no ven…

Pero en las nuestras, aunque menos violentas, el reportero se siente cual cronista de guerra de los que salen en las películas (y en la realidad), poco menos que sorteando a cuerpo limpio los proyectiles de mortero. Pero a estos últimos cronistas es a los que, con harta frecuencia, sí que les coge la tormenta, y no precisamente por causas naturales. Como que, últimamente, algunos acaban ametrallados o degollados en asesinatos filmados que luego los propios medios tienen la desfachatez de emitir, so capa de que son informaciones “de interés general”, buscando el aspecto morboso de la noticia, y repitiendo la misma toma una y otra vez (¿cuántas nos han repetido el tiro al policía en el suelo tras del asalto a Charlie-Hebdo?). En vez de dar simplemente la información oral, y luego un buen comentario editorial; y no hacerles el juego a los fanáticos, que lo que buscan es precisamente eso: que se emita, y cuanto más mejor, su barbarie.

Aquí, ya habituados a salvajadas del tipo padres que asesinan a sus hijos tras de un divorcio, se empeñan en darle a la información del tiempo el mismo nivel de dramatismo; como si, de no darla así, fuésemos a apagar el televisor y quedarnos sin ver una información aséptica y bien explicada.

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