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El Golf GTI le resultará especialmente
agradable de conducir a las personas que valoren un intervalo
muy pequeño entre sus acciones y las reacciones del
coche. Es de esos coches en los que prácticamente no
hay que anticipar el giro y en los que resulta muy fácil
trazar la curva, porque va por donde se apunta (que se apunte
bien o mal no es cosa del coche).
Si hay que corregir la trayectoria por cualquier razón,
muestra una capacidad para cambiarla muy inusual. Hay un término
de jerga que es «redondear» la curva; un coche
«redondea» bien cuando acaba la curva sin abrir
la trayectoria (la hace «redonda»). Pues bien,
el Golf GTI es uno de los deportivos que mejor redondea la
curva; de todos los que he conducido últimamente, sólo
el Peugeot 206 RC lo hace igual de bien (y no sé cual
de los dos es mejor en este sentido).
Hay algunos en los que cuesta cerrar la trayectoria una vez
dentro de la curva, y también los hay en los que hacerlo
implica un movimiento más o menos grande de subviraje.
Este Golf está en un término medio; dentro de
la curva es muy sensible a un poco más de volante o
un poco menos de acelerador, pero no porque responda a esas
maniobras con un sobreviraje brusco o excesivo.
Las
ruedas que tenía eran las de serie (225/45 17 91 W),
con neumáticos Bridgestone Potenza RE050. He hecho
casi toda la prueba en mojado y, aunque no me parece que esos
neumáticos sean los mejores en esas circunstancias
(es difícil saberlo a ciencia cierta sin hacer comparaciones
directas), lo cierto es que el coche reaccionaba muy bien
cuando perdía adherencia; no lo hacía de forma
brusca.
En todo caso, el control de estabilidad funciona muy bien
cuando funciona, que es de tarde en tarde. El sobreviraje
está perfectamente contenido dentro de los límites
de lo posible; el subviraje también, pero los límites
de lo posible son más estrechos. No creo que sea necesario
desconectar el control de estabilidad para práctica
una conducción normalmente rápida por carreteras
de curvas. La principal limitación para conducir de
esa forma no es el control de estabilidad, sino el de tracción.
La motricidad es buena, comparada con las de otros coches
de tracción delantera. Esto quiere decir que las ruedas
motrices tienen una capacidad grande para ejercer fuerza sobre
el suelo, no que se puede acelerar indiscriminadamente.
El motor tiene mucha fuerza y, si se acelera en segunda velocidad
con la dirección muy girada, ocurre lo que tiene que
ocurrir: el control de tracción limita la aceleración.
En estas circunstancias, el coche es más sensible que
otros a una conducción ordenada. Primero, en las curvas
lentas hay que empezar a acelerar después de empezar
a desgirar, una vez pasado el vértice de la curva.
Segundo, no se acelera más por acelerar antes, hay
que pisar el acelerador con tiento.
En
un coche de tracción trasera o —sobre todo—
de tracción total se puede acelerar mucho antes que
en este Golf. Ahora bien, en cualquier coche con buena tracción
en términos absolutos, acelerar mucho con la dirección
muy girada hace que el coche subvire. Es decir, el coche pasa
de una curva lenta a una rápida, de radio más
amplio.
En carretera rápida mantiene bien la trayectoria aunque
el suelo no sea perfecto. Es curioso que sea así cuando
lo tiene todo en contra: suspensión dura, ruedas anchas
y una batalla corta con relación a las vías
(tabla
comparativa). Lo normal es que un coche que entre tan
bien en las curvas como éste es que sea nervioso en
recta y, por ejemplo, tiende a ir hacia las roderas que hay
en el carril derecho de casi todas las autovías; no
es el caso.
La suspensión es dura, en el sentido de que cualquiera
que tenga un coche normal, o incluso un deportivo, notará
más los baches en éste. No es una suspensión
seca, como ocurre en otros coches del grupo Volkswagen. Por
ser dura no hace que un viaje sea insufrible, pero desde luego
no cabe esperar que con este coche se viaje más cómodamente
que con otros.
Los frenos han aguantado bien en todos los recorridos rápidos,
pero la mayoría de ellos los hemos hecho con el suelo
húmedo y mucho frío. Es decir, ni la deceleración
podía ser tan grande como con el suelo seco, ni resultaba
tan difícil enfriar los frenos como en verano.
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