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y similares sensaciones
A pesar de los cambios realizados en el motor y en
las suspensiones, las sensaciones que he percibido al volante de
los renovados Impreza 2.0 WRX y 2.0 WRX Sports Wagon son similares
a las que tuve cuando cambió el modelo a finales del año
2000. El Impreza WRX me parece un coche de reacciones deportivas
con un excelente compromiso entre estabilidad y confort, pero sigo
pensando que no es tan eficaz y «deportivo» como lo
era su predecesor, el Impreza GT 2.0 Turbo (con un reglaje de suspensiones
claramente más duro).
Los cambios introducidos en la suspensión
siguen sin limitar los movimientos de la carrocería (balanceo
y cabeceo)
a los que hacía referencia cuando probé el anterior
modelo. Si bien en condiciones normales parece un coche ligeramente
subvirador,
en el nuevo WRX me ha parecido también más fácil
llegar al sobreviraje.
Esto se debe a que el reglaje de los amortiguadores traseros es
demasiado suave en extensión, lo que hace cabecear mucho
la carrocería en retención y descarga de peso al eje
posterior, haciendo perder adherencia a las ruedas traseras. Por
ejemplo, si levantamos el pie del acelerador bruscamente en un fuerte
apoyo, lo más
habitual es que el Impreza sobrevire. Sus reacciones son muy progresivas
y me han parecido fáciles de controlar, pero pueden llegar
a sorprender a la mayoría de sus conductores. Esto hace especialmente
recomendable en este coche un control
de estabilidad que no puede llevar ni en opción.
Como
en cualquier otro coche 4 x 4, la tracción total del Impreza
nos ayuda a sacarle un mayor partido a su bastidor y mejorar su
capacidad de tracción, pero no incrementa necesariamente
la seguridad (no por ello se agarra más en las curvas como
se piensa en general). Tiene un diferencial
central viscoso y un diferencial trasero autoblocante (LSD) que
reparten el par al 50 % por ciento en cada eje. A la salida de una
curva sólo tenemos que acelerar a fondo para notar cómo
el Impreza WRX sale impulsado hacia delante con una motricidad
extraordinaria, aprovechando al máximo toda la potencia.
Los movimientos de la carrocería se aprecian
todavía en mayor medida en la versión Sport Wagon
con carrocería familiar, que aunque pesa tan sólo
10 kg más que el WRX Sedán, acusa unas mayores inercias
sobre el eje trasero y tiene unas vías 2 cm más estrechas
delante y 2,5 cm detrás.
El incremento de potencia y par (6 CV y 8 Nm más
respectivamente) en su motor bóxer
2.0 turboalimentado no se aprecia de forma subjetiva, habría
que poner el aparato de mediciones para comprobarlo. La respuesta
que se siente al volante es enérgica y el coche ofrece un
potente empuje a partir de 2.700 rpm (estira desde 2.300 rpm en
las marchas largas). Su régimen óptimo de conducción
me ha parecido entre 3.000 y 5.500 rpm, aunque la zona roja del
cuentavueltas comienza a 7.000 rpm y el corte de inyección
se produce a 7.300 rpm. El agradable accionamiento del cambio permite
sacar un buen partido a su silencioso motor, aunque pide «a
gritos» una caja de 6 velocidades (como la que lleva el STI).
La
dirección tiene 3,0 vueltas de volante y un buen tacto, pero
me sigue pareciendo algo lenta y desmultiplicada
para un deportivo como el Impreza WRX. Al renovar la gama hubiera
sido un buen momento para haber mejorado un defecto que ya padecía
el anterior modelo. También he apreciado los mismos síntomas
de fatiga en los frenos, no en vano apenas hay cambios en su equipo.
Los discos de freno se quedan «pequeños» en un
coche que corre tanto como el Impreza 2.0 WRX, y llegan a sobrecalentarse
con relativa facilidad en un uso muy exigente. Una lástima,
porque el tacto y capacidad de frenada en condiciones normales me
parece muy bueno. Dicho sobrecalentamiento puede deberse también
a la ausencia de una correcta ventilación ya que he buscado
y no he encontrado una canalización apropiada que refrigere
los discos delanteros.
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