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Es lo que parece
No
es un vehículo sin rivales, ahí está el 911 turbo o el GT3, aunque
para muchos aficionados no los tiene.
El color rojo o el amarillo ayudan, pero las llantas de cinco palos
(y esta vez de 18 pulgadas), el frontal afilado, la cintura baja
y la ausencia total de aditamentos aerodinámicos que pudieran ensombrecer
la pureza de sus líneas, son definitivos para llamar la atención,
por muy feo que fuera el color de la carrocería.
El interior, en cambio, me decepciona un poco. El
cuadro de la instrumentación no tiene un orden muy lógico. Se mezclan
nuevas tecnologías con las tradicionales, las típicas agujas para
informarnos del régimen del motor y de la velocidad, junto a un
indicador luminoso, un poco apartado del conjunto, que nos dice
el combustible que queda en el depósito. La rejilla del cambio permanece,
así como el pedalier de aluminio y el cuero Conolly que cubre casi
todo el interior. La apariencia es algo recargada.
Este
escaparate que ha construido Pininfarina está repleto de los elementos
necesarios para convertirlo en un deportivo puro y para hacerle
ser lo que realmente aparenta. Normalmente, las reacciones de un
vehículo con 400 CV, propulsión trasera y motor central de
concepción similar a un monoplaza son rápidas, de modo que
el conductor es más que nunca parte activa de lo que ocurre. El
coche responde exactamente a lo que se requiere de él en cada momento,
sin que la transición entre agarre y derrapaje pueda vislumbrarse
con claridad y anticipación. Hay que estar seguros de lo que va
a ocurrir un poquito antes de que ocurra, si es que pretendemos
sacarle partido a un bastidor concebido en la competición y a un
motor con una garra y una potencia casi inigualadas.
Al
ralentí tiene un sonido algo apagado, pero el rumor y la ligera
vibración ya anticipa algo de su carácter. El cambio es duro y también
un poco el embrague. La dirección tiene un tacto perfecto. La velocidad
llega enseguida, segunda, tercera, cuarta, sin apurar mucho las
marchas, y ya rodamos, en circuito, claramente por encima de la
velocidad permitida en carretera. Pongo sexta y el coche es suave
y agradable.
En lugar de aprovechar sólo 4.000 rpm, decido bajar
marchas ver qué pasa si apuramos hasta 8.000. El ronroneo
inicial se convierte en un grito cuando estamos a punto de encontrar
el corte, subimos un par de marchas más y casi a 200 km/h la cosa
es ya excitante de verdad. El empuje es lineal y progresivo.
Los frenos son potentes, pero el tacto es algo gomoso.
El coche, no obstante, se para bien y al iniciar el primero de los
virajes el morro es fiel a la trazada elegida. No hay imprecisión
a la hora seguir al volante hacia donde queremos ir.
Sus reacciones, tanto en curva como en recta, son perfectas. En
las zonas rápidas pisa el asfalto como una berlina, pero los cambios
de trayectoria los hace con tanta agilidad como un pequeño deportivo.
Sólo el cambio desentona, es lento, duro y ralentiza demasiado las
apuradas de frenada (el sistema semiautomático con mandos en el
volante elimina totalmente este inconveniente).
Con
los 400 CV hay que tener cuidado si desconectamos el control de
tracción. El pedal del acelerador y las ruedas se mueven casi al
unísono. No es difícil hacer que éstas sean incapaces de transmitir
la potencia al suelo, aunque sí lo es controlar la situación. El
Modena es una auténtica escuela de conducción. El pie derecho controla
la derrapada con facilidad: más acelerador, el coche más de lado,
menos, el coche más por su sitio. La dirección casi funciona sola,
no hay brusquedades y el tacto es el idóneo, ni muy duro ni muy
blando. De este modo, es posible redondear las curvas de un circuito
con una fina y prolongada cruzada.
El Modena parece disfrutar más que nosotros con este tipo de conducción.
Nos ayuda constantemente con su equilibrio y no es fácil no sentir
el calor de la sangre animándonos a ir un poco más allá, a frenar
un poco más tarde, a tirar el coche con más decisión.
Siempre que la velocidad de paso por curva no sea
muy elevada todo esto puede ser gratificante. Si la curva es rápida,
puedo notar la fuerza lateral tanto como el miedo a una posible
espantada del coche. Una derrapada a 120 km/h no se parece en nada
a una a 200 km/h, en cuarta y con el gas a fondo.
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