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El chófer de… The Cabriolets

La música abierta

The Cabriolets estrena furgoneta, rula, como la llaman los músicos. Llegan. Me saludan.

—¿Tú eres el periodista? Nunca hemos hecho una entrevista en la rula.

—No. Soy el chófer. No os voy a preguntar nada. Soy vuestro chófer. Nada más.

—¿Estás seguro de que sabes lo que haces?— pregunta David Unison, el batería.

—…

Nunca estoy seguro de eso. Nada nuevo.

Guardamos el equipaje en el maletero. Yo me empeño en guardárselo, pero no funciona mi papel de chófer. No sé si a un chófer «de verdad» le dejarían que lo hiciera. A mí no.

La furgoneta se la cede Ford, para sus conciertos y giras. La están descubriendo esta mañana. No tiene los asientos reclinables y les incomoda. En viajes largos son buenos para dormir. Tampoco tiene DVD para ver películas

El día anterior yo le había preguntado a Gaby, el productor, qué cosas podía llevar en la furgoneta: qué tipo de música, qué tipo de prensa y revistas. Algún capricho especial… “No te preocupes, cada uno se lleva lo que necesita” me contestó. Le hice caso.

Todos se olvidaron de lo que necesitaban. Uno los cascos para escuchar su música, Bimba Bosé la almohada para el cuello “forrada de peluche, suavísima”, los CDs…

Ofrecí pasar por una de las casas a recoger algo.

—No. —saltó Bimba— Como empecemos a dar vueltas por las casas no salimos nunca.

Yo había llegado unos minutos antes para preparar la furgoneta, limpiarla y repostarla si hiciera falta, colocar el navegador portátil, para no perderme al llegar a Valencia, donde iban a actuar por la noche. Todo estaba listo.

A mi derecha, en el asiento del copiloto se sienta Gaby, el productor, en la fila central, los tres componentes del grupo. Detrás de mí Bimba, en el centro Diego (bajo) y a la derecha David, batería. En la última fila, Fany (coros), David (guitarra) y el técnico de sonido.

Intento estar pendiente de todos los detalles. Cuando suben a la tercera fila hago un comentario sobre los respaldos de los asientos, para que los abatan y puedan acceder más cómodamente atrás. En ese mismo momento Bimba dice bajito “Déjame en paz” sentada desde hace rato detrás de mí. No estoy seguro de si se refiere a mí, porque está al otro extremo de por dónde suben en ese momento y a ella no le afecta lo que he dicho. Quizá le molesta tanta atención. Es probable (a mí también podría molestarme). Me quedo cortado. Es difícil ser chófer. Encontrar el punto, como con los camareros en un restaurante. Una cosa es que estén atentos y otra que sean pesados. No digo nada más. David cierra la puerta corredera y arranco.

Ninguno de ellos lleva el cinturón de seguridad puesto. Me gustaría decirles que se lo pusieran, por su bien. Sé que yo voy a conducir con mucho cuidado y los voy a cuidar mucho, pero que nunca se está a salvo de un percance. No me atrevo a decirles nada. Son mayorcitos. Ellos deciden.

—¿Qué tal conduces? — pregunta Bimba, pocos metros después, con una sonrisa implícita que percibo.

No sé si contesto. En eso sí me siento seguro, aunque no he probado la furgoneta ni un metro antes y me arrepiento. Lo he notado al arrancar, al soltar el embrague, por primera vez, con todos dentro. No ha pasado nada, he arrancado con suavidad, pero los pedales tienen un recorrido más vertical de lo que esperaba y me ha sorprendido al soltar el embrague por primera vez. Enseguida me adapto.

Salimos de Madrid con rapidez, sin atascos. En esos primeros kilómetros hablan entre ellos alegremente sobre la rula. Nada relevante. Me centro en conducir y me relajo.

De pronto Bimba me pregunta:

—Javier ¿Tienes gafas? ¿Quieres unas?

Con el ajetreo de la salida no me he puesto las gafas de sol. Las tengo a mano.

—Gracias. Tengo unas aquí.

Le agradezco callado que se fije en el detalle. Todos son muy amables. A mí me molesta mucho el sol y siempre conduzco con gafas de usar y tirar, porque las pierdo todas. Me las pongo.

—¿Cuándo llegamos? — dice Bimba, poco después, en el kilómetro 35 con tono jocoso.

—¿Paramos a desayunar algo? — pregunta Gaby.

Sobre el kilómetro 50 paramos en una gasolinera y compran bollos y zumos para comer algo. El cuerpo me pide invitarles a todo, llevarles en volandas, por ser tan amables de dejarme hacerles de chófer en un viaje a Valencia. Pero me corto. Al chófer no le toca invitar.

Estiramos las piernas. Hace frío y al sol se está bien. Fuera del coche no hago de chófer. Les pregunto sobre la posibilidad de ir a América a hacer una gira. “Ojalá”. De momento hay interés, pero nada concreto. Se les ve un grupo relajado y feliz.

Seguimos viaje y después del desayuno se duermen paulatinamente. En la tercera fila sí han traído un DVD, pero no aguantan despiertos la película. Al final, de los que veo yo por el retrovisor, todos duermen, salvo un único espectador de la peli, en la que se oyen tiros continuamente. A Bimba no la veo y no sé si llega a dormirse. A ratos la oigo hablar por teléfono. Diego y David duermen de corrido y Gaby a mi lado echa algunas cabezadas.

Me gusta conducir para que los pasajeros se duerman. En una “rula” es más difícil que en un coche. La suspensión es menos confortable y se nota mucho. También los asientos son menos cómodos y éstos no se reclinan. Pero duermen. Cuando se despiertan, apremia la necesidad. Una parada inmediata, sobre el kilómetro 170 para ir al baño y volver a comer algo. Aprovecho para hacerle una foto a la furgoneta, en un sitio feo, testimonial. Sin pedirles que posen. Un chófer nunca haría eso (y el sitio no valía la pena).

Seguimos hasta Valencia sin incidentes. Llegamos a la hora de comer. El acceso hasta el hotel es complicado y a pesar del navegador damos un par de vueltas. Están hartos de rula. Se bajan y siguen a pie hasta el hotel, en una zona peatonal. Por fin llego hasta la puerta, descargamos los bultos entre todos y se van a comer.

Ya he acabado mi trabajo de chófer. Compro periódicos y también me voy a comer.

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El ensayo: Ponga un Santi en su vida

Es un placer verles durante la prueba de sonido, que se alarga por diferentes motivos. Les han dicho a las 17:30 pero hasta casi las siete no les permiten empezar. Cuando empiezan a trabajar, no paran de currar y de jugar. Trabajan y trabajan, con muy bien rollo. Santi es la estrella. Ponga un backliner en su vida. A Santi. Impregna de buen rollo todo lo que toca. Hace el payaso y no para de trabajar, todo simultáneamente.

Lo mejor del ensayo son las fotos. Ahí van:

Y las perrunillas, unos pastelitos deliciosos que produce un familiar de Bimba. Ella reparte entre todos durante el viaje.


La actuación: Ponga a The Cabriolets en su vida

The Cabriolets actúan en una fiesta privada en Valencia. El local es poco apto para un concierto, pero The Cabriolets suena bien. Bimba sale del escenario y pasa media actuación mezclada entre el público, micrófono en mano, cantando lejos de sus compañeros. “No podía estar encerrada en ese espacio tan pequeño. Me lo he pasado muy bien”. Yo no sé nada de música. Por lo poco que conozco nadie suena como ellos en España. Son diferentes a todo lo que se hace en este país (que yo sepa). Desde mi ignorancia diría que hacen una música muy trabajada, simpática, no comercial. Una música que encaja perfectamente con como son ellos, cultos, elaborados, atípicos y sin aristas.

Después del concierto los músicos pasan un buen rato con los asistentes a la fiesta. Bimba se hace multitud de fotos con todo el mundo que se lo pide. Está guapísima.

David Unison me comentaba al final del concierto, poco antes del regreso: “No somos nada de rollo Rock&Roll. No estamos siempre de mala leche, ni ponemos cara interesante cuando se acerca el público. No vamos de nada y nos reímos mucho. Yo he estado con grupo de rock de los que se hacen los interesantes y las giras son inaguantables”

El regreso

Los tres componentes del grupo, Bimba, David y Diego, tienen que estar pronto al día siguiente en Madrid. Han alquilado un coche y deciden volver después del concierto. Me invitan a volver con ellos en el coche. Me ofrezco a conducir pero ni se lo plantean. Diego conduce todo el viaje y yo voy sentado en el asiento de atrás, como un señor. Durante todo el recorrido, escuchando música en la radio, nos reímos con frecuencia. El titular de este reportaje tendría que ser una de las frases que dijo Diego al escuchar a un grupo, por la noche en el coche. Lo siento. No la puedo reproducir.
(Diego conduce muy bien. No necesitan chófer para nada.)

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