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«Conocí a Alex Zülle cagando»

«Con 25 años me fichó un equipo suizo. Para la primera carrera, en el hotel, en la puerta del ascensor, como siempre, había un papel con el orden de las habitaciones. Miré y me tocaba en la habitación con Alex Zülle. Cuando empiezas en un equipo de los grandes no te ves igual que ellos. Alex Zülle era uno de mis ídolos y ahora resultaba que íbamos a compartir habitación. Subo, entro en la habitación y no hay nadie. Una maleta abierta y nada más. Coloco mi maleta en la otra cama y voy al baño. Cuando abro la puerta suena desde dentro: ‘Osca (sin r), tráeme la revista de coches que está encima de mi cama’. Zulle es un apasionado de los coches y leía revistas de coches a todas horas. Cogí la revista y se la llevé. Conocí a Alex Zülle cagando. Era uno de mis ídolos, en aquel momento el más grande y cercano que había tenido nunca. Pero, claro, hacía exactamente las mismas cosas que yo.»

Con el dorsal número 1, Oscar Pereiro

He conocido a Óscar Pereiro, ganador del Tour de Francia 2006, montando en bicicleta. Iba yo tan pancho con una bicicleta con motor eléctrico que me habían prestado (en un acto organizado por Ford), pedaleando por un camino con ligera subida con un piñón pequeño y oigo una voz que sale de detrás de mí: «Cómo se nota que llevas una eléctrica, si no, de qué ibas a llevar tú esa tranca. Pero es mejor que subas un piñón. Aunque lleves una eléctrica tienes que llevar la misma cadencia que con una bici normal».

Confieso que yo no sabía que quien me hablaba era Óscar Pereiro. Incluso he pensado: «Sabrá de lo que habla o será un listillo que sabe de todo». Pero le he hecho caso, porque yo no tengo ni idea de bicis. «Sube otro más», he oído, y sin mucho convencimiento le he vuelto a hacer caso. Le hacía caso, supongo, porque aquel hombre parecía que sabía lo que hacía encima de la bici.

Con el dorsal número 21, Javier Moltó, con su inefable aspecto de ciclista profesional patrocinado.

Poco después, en un receso, hablando sobre bicis eléctricas, el mismo hombre decía: «No te creas. Si te compras una bici eléctrica harás el mismo ejercicio que con una bici normal. Si te pones a subir con una bici eléctrica también llegarás a 190 pulsciones». Le he hecho caso y me he puesto a tirar con la bici eléctrica y efectivamente suben las pulsaciones. En mi caso no llegan a 190 ni de lejos, claro».

La casualidad ha hecho que luego, en la comida, nos sentáramos en la misma mesa y he descubierto que ese hombre que me instruía y daba consejos en las pistas de tierra era Óscar Pereiro, ganador del Tour de Francia en 2006. Antes de sentarnos en la misma mesa le he visto hacer algunas filigranas con la bici y he empezado a sospechar que no fuera un periodista para mí desconocido, sino Óscar Pereiro. En la mesa lo he confirmado.

«Cuando me preguntan cuál ha sido el momento de más sufrimiento en mi carrera deportiva siempre contesto lo mismo. Donde peor lo he pasado no es encima de la bici y eso que en ocasiones sufres mucho. Los peores momentos han sido durante todos los días que he pasado hambre para mantener el peso. He pasado mucha hambre. Mucha. Yo ahora peso 78 kilos y estoy bien. Cuando gané el Tour estaba en 65 kilos. Hasta los 70 bajo más o menos con facilidad, pero bajar de 70 me cuesta mucho. Y, por poco que comas, el cuerpo se adapta. Yo desayunaba una tostadita y un café sin azúcar y me iba a pedalear hasta que me mareaba. Cuando me mareaba, era síntoma de que tenía que comer algo. Comía un poquito y otra vez a pedalear tres o cuatro horas. He pasado mucha hambre. La máquina de la verdad son los vatios de potencia que das y la relación con tu peso. Cuanto menos pesas, más mejora la relación peso potencia, aunque también disminuya la potencia. Los cálculos decían que yo, para ganar el Tour, tenía que pesar 65 kilos. He pasado mucha hambre. Tenía menos grasa que la piel de los huevos. Me tocara por donde me tocara, no había nada de grasa. La grasa corporal era de sólo un 3,5%. He estado muy cerca de la anorexia. Y hay muchos ciclistas profesionales que sufren anorexia y bulimia. He pasado mucha hambre porque el cuerpo se acostumbra a no quemar y llega un momento en el que no pierdes peso por poco que comas.»

Seguro que ha habido personas que han disfrutado mucho viendo a Óscar Pereiro pedalear sobre una bicicleta. Cuando ganó el Tour yo no tenía televisión, por lo que no lo vi pedalear. Para mí el disfrute ha sido escucharlo.

«Cuando corría en bici era una persona insoportable. Mi única vida era la bicicleta. Todo estaba supeditado a ella. Me pasaba meses sin ver a mis padres, porque no podía ir a su casa y mientras ellos y mis hermanos comían yo no podía estar sin comer. Así que no iba a su casa y estaba meses sin verlos ni a ellos ni a mis hermanos. Salía poco de casa, pero si salía con mis amigos yo llevaba mi comida y mientras ellos cenaban y bebían yo sacaba mi táper y comía lo que me tocara comer, pesado y medido. Los deportistas profesionales somos muy egoístas, porque la exigencia es muy grande. En las carreras, todas las mañanas venía el médico del equipo a medirnos las pulsaciones, la tensión y el peso. Algunos compañeros ponían el despertador media hora antes para tener tiempo de ir al baño antes de que viniera el médico. No era que perdieran peso, pero sí daban algo menos de peso en la báscula. Algunos deportes tienen una componente de juego que el ciclismo no tiene. En el ciclismo, el hombre y la bici son en conjunto como un coche, chasis y motor. La bicicleta tiene un peso mínimo. Todo lo que pese el hombre es peso añadido a ese coche. El hombre es el motor, da la potencia, los vatios. En el ciclismo somos puras máquinas.»

Encima de la bicicleta no lo sé, pero alrededor de una mesa Óscar Pereiro es creatividad pura. Habla de Induráin como si lo tuviéramos al lado y de sus andanzas en bicicleta para actos benéficos de tal manera que te lo crees todo. Y lo vives.

«Todo lo que sé de pilotar coches me lo enseño el piloto con el que corrí, que también fue mi copiloto. Él, desde el primer día que empecé a conducir, me decía que tenía una sensibilidad especial en el culo. Me decía que era capaz de ir muy rápido, a velocidades cercanas al límite, sin perder nunca el control, sin darnos sustos. Supongo que es por muchos motivos. He hecho muchos kilómetros en bicicleta, que tiene una rueda muy estrecha. Cualquier movimiento de más en la bicicleta y te vas al suelo. Y vamos en bicicleta con el asfalto seco, mojado, húmedo, con granizo, a medias… A mí el cambio de color del asfalto me avisa y también lo que veo del final de la curva, los árboles, el guardaraíl. He hecho muchos kilómetros en carretera y hay muchos datos que dan información constantemente. Tú no eres consciente de toda la información que recibes, pero la procesas. Yo me imagino cómo son las curvas sin haber pasado nunca por ellas. Sólo por la información que recibo.»

No me importaría hacer de copiloto de Óscar Pereiro algún día en algún rally. Pero seguro que me gustaría más que quien hiciera de copiloto fuera él, aunque los tiempos fueran peores. En todo caso, la cena del final del día sería un placer.

Me he quedado con las ganas de preguntarle si ahora, visto desde la distancia, considera que ese esfuerzo valió la pena.

A los demás, seguro que sí. Todo lo que nos ha contado Óscar en la comida hubiera sido imposible sin ese esfuerzo. No hubiera estado en nuestra mesa. Para quien está alrededor seguro que vale la pensa. Pero, ¿para uno mismo? Por ser campeón del Tour de Francia ni mides más, ni piensas mejor. Probablemente tengas más dinero y tengas acceso a personas y cosas que otros no tenemos. Pero eso hay personas que lo consiguen con muchísimo menos esfuerzo. Lo de verdad único de ganar el Tour de Francia es ganarlo. Y el título, en sí, no te da nada más que orgullo y satisfacción personal, entiendo yo. ¿Compensa el esfuerzo? ¿Cuánto se pierde y cuánto se gana en ese camino?

Muchas gracias, Óscar, por el regalo de unas horas especiales.

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