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Chocolate contra la amargura

Cuando tuvimos el Maybach, que no cabía en nuestra plaza de garaje, lo aparque en la plaza de un vecino, sin previo aviso, con esta nota impresa:

Buenas tardes,

Tenemos un problema para dejar este coche en nuestra plaza. La número 12.

Es sólo durante una noche. Si aparcamos este coche en la 12 no permitimos que salga de su plaza el coche aparcado en la 13.

Le pedimos que aparque su coche en la plaza número 12, por favor. Sólo durante esta noche.

Si tiene cualquier inconveniente, le ruego que me llame y acudiré rápidamente a sacar el coche de su plaza.

Mi teléfono: xxxxxxxxxxxxxxx

Le agradezco mucho su amabilidad. Javier.

En esta foto se ve claramente que el Maybach molestaba a nuestro vecino de plaza y le impedía sacar su coche:

Unos 45 minutos después de haber aparcado el gigantesco Maybach en la plaza de estos señores, me llama una mujer:

—¿Es usted Javier?
—Sí.
—Ha aparcado usted en nuestra plaza.
—Sí. Les he dejado una nota pidiéndoles el favor de que me dejaran aparcar en su plaza porque el coche que tengo no cabe en la mía.
—Pues no puede ser. No se pueden pedir los favores por adelantado. Usted no puede aparcar y pedir después del favor.
—Le pido disculpas. No sabía cómo hacerlo. No sabía cuánto iban a tardar. Les he dejado escrito en la nota el número de mi plaza para que aparquen. Mi plaza es idéntica a la suya, sólo que está en la esquina. ¿No cabe su coche en mi plaza? No se me ha ocurrido otra forma mejor de hacerlo.
—Sí, claro que cabe. Mi marido lo ha aparcado allí. Nuestro coche ya está en su plaza. Pero me ha enseñado el papel que ha dejado usted. Y no puede ser. Las cosas no pueden hacerse así. No puede aparcar en nuestra plaza. Y ya ha aparcado. ¿Qué hacemos ahora?
—En dos minutos estoy en el garaje y quito el coche de su plaza. No se preocupe.

Bajo al garaje y veo su coche perfectamente aparcado en nuestra plaza. Cabía de sobra, no molestaba a nadie. La mujer tuvo que bajar desde su piso y quitar el coche que tan bien había aparcado el marido en nuestra plaza para aparcarlo en la suya. No sé si se sentía ultrajada en su propiedad. Me pareció muy raro. Estaba enfadadísima y yo no era (ni soy) capaz de adivinar el motivo.

La esperé en el garaje para pedirle disculpas (en el fondo, también para ver qué cara tenía).

—No es por fastidiar —me dice— , pero las cosas no pueden hacerse de esta forma.

Y siguió hablando y hablando. Empezó a darme recomendaciones y también quería indicarme sitios en los que dejar el coche. No seguí la conversación. Cerré la puerta del coche mientras ella seguía hablando. Además de antípática y amargada era una pesada incapaz de dejar de hablar.

Al día siguiente se me ocurrió dejarle una caja de bombones en su monovolumen, pidiéndole disculpas por las molestias causadas. Me dio pereza ir hasta la tienda y no lo hice.  Pobrecilla. Un poco de chocolate le hubiera sentado bien.

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