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El amor es cuesta abajo

Nada me gustaría más que recomendarles alguna película en cartelera esta semana. La triste realidad es que no hay nada que me parezca realmente decente y la única cosa que –a primera vista- podría resultar interesante es una película japonesa llamada Air Doll que aún no he podido ver.

Me tragué The blind side, aquella ignominia por la que Sandra Bullock se llevó el Oscar (amigos/as, estamos muy mal) y puedo asegurarles que si no temiera a los servidores de la ley y a sus acólitos de más arriba no hubiera dudado en comprar cinco o diez euros de gasolina (mi economía no da para más), entrar en la cabina del proyeccionista (que estaría vacía porque ahora ya no hay proyeccionistas, ya se sabe, es mejor que lo haga algún chavalote, siempre sale más barato) coger la copia y pegarle fuego. Si pudiera envolvería al director con el celuloide para hacerlos arder juntos, pero seguro que algunos no lo verían con buenos ojos.

Una cosa es la emotividad y otra la estupidez, y os puedo asegurar que The blind side juega en la liga de lo segundo.

Pero como hoy es viernes y me apetece recomendaros algo voy a recuperar una película que no comenté en su momento (si lo hice corregidme) y que se llama Two lovers.

La película es de un señor llamado James Gray, que pasa por ser uno de los directores más interesantes que pueden encontrarse en Hollywood en la actualidad. Su película es una tesis sobre la inconveniencia del amor, los volantazos de la vida y lo improbables que son los finales felices. También habla sobre el dolor, la necesidad de sentirse unido a algo importante (si es una misión divina en la que hay que salvar a alguien mejor) y la inevitable ruta hacia el conformismo, que todos deberemos recorrer alguna vez, aunque sea -nos repetimos a nosotros mismos- en nombre del sentido común.

El protagonista (y qué pedazo de protagonista) es Joaquim Phoenix. Phoenix desapareció hace un año para dedicarse a la música (en lo que muchos vieron una maniobra para grabar una especie de documental sobre sí mismo) y el cine ha perdido a un actor capaz de ser frágil e ingenuo sin parecer imbécil, de ser sensible sin parecer tonto, de ser excéntrico sin parecer raro.

Ha perdido a un tipo natural, que puede ser duro como una piedra o maleable como la plastilina. No son buenas noticias para el séptimo arte.

En Two lovers Phoenix se sale. Su sufrimiento nos desarma porque, aunque lo veamos venir, nos acordamos de todas esas decisiones que tomamos creyendo que son justas y necesarias para darnos cuenta (siglos más tarde) de que no tenían ningún sentido. La película de Gray es un catálogo sobre el fracaso, en todas sus formas, estilos y tamaños.

Two lovers va de perseguir sueños por las azoteas para acabar cayendo al patio de luces, dándonos la bofetada de nuestras vidas. Va de cazar leones (quizás debería decir leonas) con un matamoscas, confiando siempre en la victoria como el que vive en la calle y sueña con los interminables pasillos de un palacio. Va de cómo lo que tenemos no es nunca tan interesante como lo que podríamos tener ni desde luego tan tentador.

A Phoenix le acompaña una Gwyneth Paltrow que nunca me ha dolido tanto. Se me escapa calificar su actuación, que es de memorable para arriba.

Salen más actores y actrices, pero esta película no existiría sin los personajes de Phoenix y Paltrow, dos espíritus enfermos sin posibilidad de redención a los que la vida sacude como si fueran un punching-ball, agarrados con uñas y dientes a una última oportunidad.

Es una película maravillosa de vocación contradictoria: jode, pero alimenta.

(No se preocupen si niegan con la cabeza durante buena parte de la película, tampoco si repiten a media voz “no lo hagas hombre, eso no”… es como los efectos escritos en los prospectos de los medicamentos: no tiene por qué pasarle, pero se han dado algunos casos.)

Buen fin de semana chavales/as,

T.G.

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