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El alma de Pixar

¿Qué tal amigos y amigas, amigas y amigos?

Pues hemos vuelto. Bueno, he vuelto.

No sé si he tardado mucho, o poco. Pero he vuelto.

Desde la última vez que estuve con ustedes he visto un millón de cosas. La mayoría me han parecido naderías absolutas, incluyendo la enésima serie española que no importa a nadie, pero que cuenta con una campaña de amiguismo de un nivel desconcertante.

El nombre no importa, este año los ha habido a patadas: Veneno, Los favoritos de Midas, El desorden que dejas, etc. Todos eran productos mediocres que contaban con una espléndida maquinaria de promoción. La vida es así: solo eres lo que eres capaz de vender.

También he visto una de las grandes pelis de 2020, que llegará aquí en 2021: Nomadland.

Hablaremos de ello cuando toque, pero veo difícil que Frances McDormand no se lleve todos los premios habidos y por haber. No hace falta que lo apunten en ningún lado, porque es bastante obvio que así será.

También he visto otra maravillosa película, que a partir de ahora va a añadirse a mis clásicos navideños: Soul.

Soul forma parte de esa estrategia que van a aplicar a partir de ahora los grandes estudios de Hollywood (sin excepción), en los que vamos a ver títulos de enormes presupuestos ir directamente a sus canales de streaming. En este caso, se trata de una película de Pixar que uno puede ver ya totalmente gratis (vamos, con el precio de la suscripción) y que hubiera recaudado mil kilos tranquilamente en una situación de normalidad social.

Ya he comentado aquí que este cambio iba a producirse de todas formas y que lo único que ha hecho la maldita pandemia es acelerar el proceso una barbaridad. No hay más. No se va a volver atrás. Veremos cómo lidiamos con todo ello los amantes de las salas, pero sencillo no va a ser.

Vayamos al asunto en cuestión: Soul.

La historia de un músico de jazz que da clases en una humilde escuela de su barrio y que espera la oportunidad de -quizás- hacer algo con su vida que le llene un poco más. Algo que podría ser tocar el piano en una banda de modo profesional.

Y esa oportunidad le llega. Y él la aprovecha: una famosa saxofonista le hace una prueba y le contrata allí mismo. El problema es que, volviendo a casa, Joe tiene un problema y todos sus planes se van al garete.

No tengo interés en hacer spoilers. Aunque el argumento se ha aireado sin parar (qué tiempos aquellos en los que nadie te contaba la película sesenta veces antes de que vieras la película), recomiendo intentar saber lo menos posible de la película. Tampoco es que importe mucho porque lo realmente valioso es el modo en el que Pixar desarrolla el filme.

La idea de la muerte, la vida soñada, el destino, las frustraciones cotidianas o el precio a pagar por las ambiciones desmedidas. Todo se funde un coctel magistral, con una animación brutalmente brillante en la que destaca por méritos propios el retrato de la luz de Nueva York en otoño. Una luz maravillosa, que resultará familiar a todos/as aquellos/as que hayan visitado la ciudad. La demostración de que la factoría de animación ha alcanzado un nivel de excelencia único en la historia del género.

La música de Trent Reznor y Aticcus Ross, el doblaje de Jamie Foxx y Tina Fey o la dirección de Pete Docter (que ya había hecho preciosidades como Up o Monsters SA), son solo algunas de las cosas bonitas que ofrece el filme. Y no uso lo de ‘bonitas’, alegremente.

Supongo que ya la habrán visto, pero si no es así… háganlo de inmediato.

Besos y abrazos,

T.G.

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