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Dejad que los zombis se acerquen a mí

guerraz

 

Buenas, señores y señoras,

 

Antes de nada, aclarar que aquí jamás se ha censurado ningún mensaje a nadie. Bueno, miento, hubo un memo que dijo que si volvía a hablar mal de Fast & Furious me mataría. Borré el mensaje y volví a hablar mal de Fast & Furious.

 

Más allá de eso, aquí no se censuran mensajes, son muy libres de decir lo que les de la real gana siempre que no se acuerden de mis parientes (ni los vivos, ni los muertos), exactamente la misma cortesía que les brindo a ustedes, ni más, ni menos.

 

Dicho esto, para que no queden dudas, vamos a lo importante.

 

Ya se han acabado las deleznables fiestas de mi pueblo (alguien de entre ustedes logró incluso identificarlas, la madre que les parió, un día de estos averiguarán donde vivo y vendrán con sus rastrillos y sus antorchas), y eso es motivo de alegría: ya no habrá borrachos cruzando la Nacional II, los hospitales no se llenarán de idiotas con veinte copas de más y aficionados a las trifulcas de fiesta mayor, y yo podré volver a dormir sin tener pesadillas con ese grupo que hizo que Freddie Mercury se revolviera en su tumba.

Al mismo tiempo, esto hace de la canícula algo más soportable. Menos mal que los expertos decían que no había verano.

 

Los expertos.

 

En fin, hablemos de cine (alguien me recordó que este blog se llamaba Cine a las cuatro ruedas y que por tanto tenía que hablar más de coches. Pues no, oiga. Ni coches, ni camiones, ni furgonetas. Ya probamos ese enfoque al principio y era un coñazo, ahora hablamos de lo que a mí me da la gana (así al menos pueden criticarme como me merezco) y  hoy me da la gana de hablar de un estreno de esta semana: Guerra Mundial Z.

 

Déjenme explicar un poco los prolegómenos: Max Brooks (hijo del genial Mel Brooks) escribió ya hace unos años un libro llamado Guerra Mundial Z. El libro apareció bajo la apariencia de otra entrega de un género que se niega a morir. Sin embargo, Guerra Mundial Z era una bestialidad: un manifiesto socio-político que analizaba de un modo cuasi filosófico el mundo en el que vivimos; una disección antropológica de la humanidad con tanta mala leche que era difícil no pensar que en realidad estábamos ante un tratado de Eric Hobsbawm. En ese aspecto ensayístico de una obra de género, Guerra Mundial Z era una completa novedad y, desde un punto de vista estrictamente narrativo, una jodida maravilla.

 

Obviamente Hollywood lo tuvo claro desde el principio: allí había una película.

 

El problema (como en tanta otra literatura que busca ser adaptada al cine) es que la estructura del libro (articulada a través de documentos, informes e interrogatorios) hace imposible una superproducción al uso. Así que en la meca del cine optaron por convertir las páginas en un filme de acción: ya saben, zombis persiguiendo a gente. Por si esta decisión (pobre donde las haya) no fuera suficiente, decidieron dar las riendas del proyecto a un realizador llamado Marc Forster, que ya demostró su incapacidad para el género con Quantum of solace, aquel Bond rodado con las posaderas.

 

Así que este buen hombre empezó a rodar la película con la ayuda de Brad Pitt (las malas lenguas dicen que Pitt sólo le ha faltado servir los cafés en el set) y un guión que se caía a trozos. Si a ello le sumamos la inutilidad del director y su nula capacidad de síntesis, lo que nos queda es un bodrio. No sólo eso: un bodrio de más de 3 horas de duración.

 

Así que Pitt y los señores de Paramount, que habían puesto unos 200 millones de dólares en el asunto, ven la primera versión de la película y se dan cuenta de que aquello no hay por donde cogerlo. De hecho es tan horroroso que ni siquiera se plantean un montaje distinto: deciden cargarse la mitad de la peli y contratar a un guionista nuevo (Damon Lindelof, capaz de lo mejor y lo peor) para que escriba un final distinto. Pitt, que menos, da su aprobación.

 

Dicho y hecho: se corta más de una hora de película y se rueda un final nuevo, además de fichar a un nuevo montador que sea capaz de convertir el galimatías en algo sensato.

 

¿Saben lo mejor? Que funciona. No bromeo: funciona.

 

La película, estructurada en torno a media docena de distintos escenarios y que va reduciendo la escala narrativa a medida que se acerca al desenlace (decisión MUY inteligente de los productores) se ve con agrado, funciona como un reloj y es absolutamente solvente. Pitt está perfecto en su papel y Mireille Enos, que interpreta a su esposa, está deliciosa. La escena de apertura es –casi– lo más destacado de la película y es seguramente uno de los mejores retratos del caos urbano que jamás se haya visto en una gran pantalla.

 

¿Lo negativo? En primer lugar el tono adolescente de alguna de las partes (con la decisión de convertirla en un espectáculo apto para todos los públicos) es enervante; en segundo lugar hay determinados pasajes donde se advierte que alguien ha pasado la podadora (al pobre Matthew Fox lo han convertido un espectro que aparece un minuto y medio) y, en tercero, la presencia del CGI es molesta. Entiendo que, cuando se trata de escenas de masas, es difícil recurrir al factor humano, pero la representación de algunos de los zombis resulta risible en escenas que no deberían serlo.

 

Aún así, y sólo por el hecho de que el filme esté bien tensionado, construido y finiquitado (a veces se agradece el esfuerzo de sujeto/predicado), ya vale la pena echarle un ojo.

 

Yo no miré el reloj. Y puedo jurárselo: nunca dejo de mirar el puto reloj. Nunca.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

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