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A calzón quitado

Hola amigos/as,

Primero, una nota a pie de página (aunque yo, que soy poco heterodoxo, la ponga aquí, donde a mi me da la gana) en referencia al éxito/no-éxito de este blog.
Obviamente a mi me importa que la gente lea el blog y que participe, pero aún me importa más sentirme a gusto con lo que hago. En esta página nunca nadie me ha dicho lo que tenía que hacer o dejar de hacer, siempre se me ha insultado con el máximo respeto y aún no ha aparecido por aquí alguien que me haya hecho sentir lo suficientemente incómodo como para tirar la toalla.

Recuerdo al principio de este espacio (joven espacio, si me permiten recordarlo) cuando en mis conversaciones con el amo y señor de esta página web comprendí que no buscaba una máquina de hacer churros… buscaba alguien que pudiera escribir de un modo muy personal y no necesariamente de coches con cine (o de cine con coches). Finalmente se dio por vencido y no contrató a una persona: me contrató a mi. Cada semana me meto aquí, no por obligación –que nadie se lleve a engaño- sino por placer. Escribo de lo quiero, cuando quiero, y seguiré haciéndolo. A veces me gusta adoptar un tono ceremonioso, otras me asaltan mis demonios internos y en algunas pierdo el control de mis emociones. Me gusta compartir todo eso con ustedes. Si les gusta bien, si no les gusta también. Aquí seguiré hasta que me echen.

A veces voy a ver películas que me repelen porque no tengo más remedio, otras voy por gusto, y otras voy simplemente porque me gusta pensar lo gozoso que va a ser el placer de destriparlas. No tengo nada en contra del cine español, estoy en contra de las subvenciones indiscriminadas, los chanchullos, la endogamia, los señores del puro y el puñetazo en la mesa, las ministras de cultura que fomentan el amiguismo y todos esos espantapájaros que consideran el séptimo arte como un coto de caza privado. En resumen, no me gustan ni la paparrucha ni el chanchullo que moderan cualquier debate sobre el cine patrio y no soporto ver como los productos dignos se pierden en marasmos masificados, simplemente porque el productor (esa figura que en la piel de toro tiene muchas lecturas a renglón torcido) de turno ha decidido que lo queremos ver es la comedieta burda o el pestiño de los de siempre.

Al final somos nosotros/as los que debemos marcar el paso, pero supongo que estamos todos/as demasiado ocupados descargando películas o quejándonos de las porquerías que tenemos que tragarnos. O quizás es simplemente que nos gusta lo que nos dan. Ya saben el chiste: “le dice un amigo a otro: “en ese restaurante la comida es una mierda”. Y le contesta el otro: “ya, y encima las raciones son pequeñas”.

Ya lo he dicho. Déjenme hablarles ahora de las cuatro propuestas de esta semana: Niños grandes, Splice, La vida en tiempos de guerra y El equipo A.

Empecemos por Niños grandes: al contrario de lo que podía pensarse sus primeros veinticinco minutos son estupendos, después se hunde como un cadáver al que le han atado un piano al pie y lanzado al Guadalquivir. Para echarse unas risas moderadas y una siesta larga.

De Splice hay más que decir. La película es el último trabajo de Vincenzo Natali, aquel señor que nos sorprendió con Cube. En esta ocasión se arranca con una historia que gira en torno a la manipulación genética y que da muchas esperanzas al espectador en la primera parte del metraje para estropearlo todo con un desenlace delirante. Es una lástima porque Natali es un tipo con una capacidad visual excelente que en este caso se ve socavada por un guión simplemente resultón y que en ciertos pasajes parece más un vodevil que una película de ciencia-ficción. Sarah Polley está muy bien y Adrien Brody hace lo que puede. Lo dejo en sus manos: pueden ustedes ir o no.

El equipo A me ha gustado, una película de canícula, divertida, con buenos actores, ideal para una tarde de asueto y palomitas. Se olvida a los diez minutos pero se disfruta durante dos horas siempre que uno se deje llevar y no se haga demasiadas preguntas (ese mal que atañe al cinéfilo moderno, siempre atento a inquirir más de lo deseado). Se la recomiendo para olvidarse durante dos horas de que su jefe es un cabronazo o de lo buena que esta su secretaria. Liam Neeson (el jefe) y Sharlto Copley (Murdock) están que se salen.

He dejado el final La vida en tiempos de guerra, la última incursión de ese forense con tendencia a cortar de más llamado Todd Solondz. Podríamos definirla como una versión más madura y reposada de Happines, una especie de digestivo para los que aún sufren de la acidez de su versión primigenia. El hecho de Solondz ha sido padre es casi obvio a medida que avanza el metraje. Es también una de esas películas que le hielan a uno la sonrisa en la jeta en el conocidísimo síndrome del “¿de qué coño me estoy riendo?”.
A pesar de ello, da gusto ver a un director con tal pasión por la narración más clásica, sin sobresaltos ni despiporre. Solondz es un señor que sabe mucho de cine además de un oscuro analista de los recovecos del alma humana. Nadie mejor que sus personajes para sacar la cabeza de la alcantarilla y contemplar la podredumbre del mundo a ras de suelo. Si les apetece el espesor del cine con matiz reflexivo esta es su película, si buscan desconectarse del enchufe de la rutina olvídense, mejor que se vayan a un banco del parque a hacer botellón.

Cuídense.

T.G.

P.D.: lo sé, les debo el programa doble clásico, prometo que cumpliré.

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