Bueno para conducir, escaso para cargar
Lo que más llama la atención al sentarse
al volante del Volvo V50 es la limpieza de líneas del salpicadero,
formado en gran medida por superficies lisas, con pocas aristas
y uniones.
Colaboran a esa sensación la parte superior del mismo y
la consola central que, como en el S40, es una lámina que
deja tras de sí un hueco con fondo de goma, no muy accesible,
pero útil para depositar objetos a los que no sea necesario
recurrir con frecuencia. No hay muchos más sitios donde hacerlo;
el de la parte superior de la consola es muy estrecho, y los bolsillos
de las puertas son, además, extremadamente cortos a causa
del gran espacio destinado a los altavoces de las puertas.
La
pieza superior del salpicadero, que se extiende por la mayor parte
del área visible de éste, tiene un tacto blando. No
hay aristas ni plásticos cortantes. El habitáculo
da una agradable sensación de solidez y buen ajuste, salvo
porque existe una gran separación entre los extremos laterales
del salpicadero y las puertas.
La consola de las unidades probadas tenían apariencia de
aluminio, aunque hay otras con aspecto de madera o de plástico
transparente. Algunos controles, como los de volumen de la radio
y temperatura y caudal de aireación son fácilmente
identificables y manejables. El resto de botones está dispuestos
en un solo bloque y algunos quedan demasiado bajos, por lo que para
acertar con el que se desea pulsar es necesario apartar demasiado
la vista de la carretera.
Una carencia de la consola central es que, al no estar unida por
su parte lateral con el resto del salpicadero, no proporciona un
lugar adecuado donde apoyarse con las rodillas en curvas tomadas
a elevada velocidad. En el caso particular del pasajero, el apoyo
de su rodilla izquierda se produce sobre el teléfono (opcional),
voluminoso y colgado en el lateral de la consola.
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